viernes, 19 de junio de 2015

EL HOMBRE QUE NO DESCANSABA LOS DOMINGOS



Había una vez, en un pueblo al sur de Isleta, en una de sus antiguas colonias, llamada P'ah-que-tú-ai, el Pueblo Arcoíris, abandonado hace ya tiempo, dos hombres que eran grandes amigos. Habían comenzado su vida con perspectivas similares. Se habían casado jóvenes y se habían establecido en el mismo pueblo. Pero aunque eran amigos, sus personalidades eran muy distintas. Uno tenía un corazón bueno, y el otro era malvado. El bueno siempre descansaba el domingo, mientras que el otro trabajaba todos los días. El bueno tenía mejor suerte que el malo, lo que despertaba los celos de éste último. Un día, el malo le preguntó:

-“Amigo, dime una cosa. ¿Por qué es que tú tienes más éxito que yo?”-

-“Tal vez”, le contestó el bueno, “sea porque yo descanso el domingo y trabajo duro el resto de la semana, mientras tú trabajas todos los días”-

El tiempo pasó y los dos hombres acumularon riquezas, teniendo muchos criados, ganado y adornos. El bueno permitía que sus criados descansaran el domingo, pero el malo hacía trabajar a los suyos todos los días, y no les concedía siquiera tiempo para fumar. El bueno prosperó y acumuló más riquezas, tuvo más criados, más ganado y más adornos que el malo, quien cada día estaba más celoso de su amigo. Finalmente el malo le dijo al bueno:
-“Amigo, tú dices que tienes mejor suerte porque descansas el domingo, pero te apostaré que yo tengo razón en no descansar ese día”-

-“No”- respondió el bueno, -“yo te apuesto que tengo razón en que se deben descansar el domingo”-

-“Entonces te apuesto todo mi ganado contra el tuyo, mis tierras contra tus tierras, y todo lo que tengo, excepto mi esposa. Mañana estate listo a la madrugada, que iremos a la calle a preguntarle a los primeros tres hombres quién de los dos tiene razón. Y el que obtenga la razón de la mayoría, será el ganador y se quedará con todo lo que es del otro”-

El bueno estuvo de acuerdo, porque un indio no puede rechazar un desafío, y a la mañana siguiente los dos hombres salieron a la calle. Al poco tiempo encontraron a un hombre y le preguntaron:

-“Amigo, queremos tu opinión. ¿Quién de nosotros tiene razón, el que descansa el domingo y permite que también lo hagan sus criados o el que no lo hace?”-

Resulta que esta persona no era un hombre, sino un demonio que se paseaba con forma humana, y rápidamente contestó:

-“Sin duda tiene razón el que no descansa el domingo”- y siguió su camino.

-“¡Ah!”, exclamó el malo, “el primer voto es para mí”-

Caminaron un poco y muy pronto se toparon con otro hombre, al que le preguntaron lo mismo. Pero era el mismo demonio, y repitió su respuesta.

-“¡Es segundo voto es también para mí!”- exclamó el malo.

Luego, se cruzaron a un tercer hombre, y le preguntaron lo mismo, y éste contestó lo mismo, ya que era el mismo demonio en otro cuerpo.

-“¡Aja!”, festejó el malo. “¡Soy el ganador! Bájate de ese burro, que me pertenece y también su cría, ya que todo lo que te pertenecía ahora es mío, como acordamos”-

El bueno bajó del burro con lágrimas en sus ojos, porque pensaba en su esposa, y le dijo al malo:

-“Amigo, ahora que has ganado todo lo mío, volverás a tu casa, pero yo no lo haré. Dile a mi mujer que me iré al siguiente pueblo a buscar trabajo, y que no volveré hasta no haber ganado todo lo que perdí en esta apuesta. Dile que no esté triste”-

Se dieron la mano y partieron, el malo montando hacia su hogar rebosante de alegría, y el bueno a pie, caminando por la arena, hacia Isleta, el pueblo más grande y rico de todo el territorio.

En el camino lo sorprendió la noche, y divisando una casa abandonada en medio del campo, se apresuró para refugiarse de la fría noche. Una parte del techo aún se sostenía en la casa, junto al fogón y la chimenea, y el bueno comenzó a confeccionarse una cama para descansar. Resulta que esa casa era el sitio de las reuniones nocturnas de todos los demonios del territorio. Y antes de que el bueno se fuera dormir, oyó fuertes ruidos de los demonios acercándose. Se asustó mucho y corrió a esconderse subiendo por la chimenea y permaneciendo en el travesaño.

De un momento los demonios comenzaron a llegar solos o en parejas. Y finalmente llegó el demonio más viejo, el mismo que le había hecho la trampa en la apuesta. Convocó el inicio de la reunión, y le preguntó a cada uno cuales habían sido sus avances. Un demonio joven se paró y dijo:

-“El siguiente pueblo es el más grande y rico de toda la nación. Hace tres semanas todo el pueblo y todos los pueblos a la vera del río han estado tratando de deshacer lo que yo hice, sin conseguirlo. Hace tres semanas llegué a ese río y pensé que lindo sería hacerlo desaparecer para que el pueblo maldijera si sus dioses no les enviaban las lluvias. Así que coloqué una gran piedra en la naciente del río y contuve las aguas. Y desde ese día el agua ya no corre, y el pueblo intenta en vano descorrer la piedra, mientras ellos y sus animales se mueren de sed. Ahora maldecirán a sus dioses y nos servirán, o perecerán como los animales”-

-“¡Muy bien!”, dijo el demonio viejo, frotando sus manos. “Has hecho bien. Pero dime, ¿hay alguna manera de descorrer esa piedra?”-

-“Hay solo una manera”, dijo el demonio joven, “y se requiere tan solo la fuerza de un hombre, pero nunca se les ocurriría cómo hacerlo. Si tomaran un palo largo, afilado como una espada, se pararan encima de la piedra, y la golpearan primero en el costado este, luego en el oeste, en el norte y en el sur, el agua saldría con tanta presión que arrojaría la piedra hacia la orilla y el río jamás podría ser detenido nuevamente”-

-“¿Esa es la única manera?”, dijo el demonio viejo, “entonces has hecho bien, porque jamás se les ocurrirá intentar eso. Ahora, que cuente el siguiente”-

Luego, otro demonio joven se paró y contó lo siguiente:

-“Yo también he hecho lo mío. En un pueblo del otro lado de la montaña hice que la hija del hombre más rico enfermara en su cama, y nunca mejorará. Todos los hombres medicinas han tratado en vano de curarla. Ella también será nuestra”-

-“¡Bien!”, dijo el demonio viejo. “¿Acaso no hay manera de que se cure?”-

-“Sí, solo existe una manera, pero nunca se les ocurrirá. Si alguien la llevara hasta la puerta mientras el sol está saliendo, y la sostuvieran de manera que los primeros rayos tocaran su cabeza, se recobraría de inmediato, y nunca podría enfermar nuevamente”-

-“Tienes razón”, dijo el demonio viejo, “a nadie se le ocurrirá hacer eso”-

Un gallo cantó, y el demonio viejo dijo:

-“Tienen el camino”, queriendo decir, “concluye la reunión”-

Todos los demonios se apresuraron a irse, y una vez que se marcharon, el hombre bueno se deslizó por la chimenea, muerto de miedo, y emprendió su camino hacia Isleta. Cuando llegó, encontró al pueblo sumidos en grandes problemas por la falta de agua. Los cultivos estaban echándose a perder y sus animales muriendo de sed.

-“Veo que estos demonios decían la verdad sobre lo que hicieron”, pensó el bueno. “Probablemente también sea verdad sobre como deshacer sus maldades. Lo intentaré aunque falle”-

Fue a buscar al Cacique y le preguntó cómo lo recompensarían si conseguía hacer fluir nuevamente el río. El Cacique llamó a los jefes principales y se reunieron en consejo, y acordaron que si el extraño conseguía hacer fluir el río, se le concedería lo que pidiese.

-“Lo haré si me dan la mitad de las riquezas de todo el pueblo”-

Estuvieron de acuerdo, y le preguntaron cuántos hombres precisaría para hacerlo.

-“No necesito ningún hombre. Solo denme un palo fuerte del largo de mi brazo y un caballo”-

Le dieron lo que pedía y solo se dirigió al río. Subió a la piedra, golpeó con todo el palo en su costado este y en el oeste, en el norte y en el sur, y saltó rápidamente hacia la orilla. En ese instante el agua comenzó a fluir tan fuerte como nunca lo había hecho. Todas las personas y animales se amontonaron junto al río y bebieron, recuperando sus fuerzas. Volvieron a regar los campos, y los cultivos casi muertos reverdecieron. Cuando el bueno volvió al pueblo, la mitad de los granos, del dinero, de los vestidos y adornos del pueblo estaban apilados en una gran montaña esperando para llevárselos. Y la mitad de los caballos, ganado y ovejas aguardaban reunidos en grandes manadas. Era tanto que tuvo que contratar a muchos hombres para llevárselo todo a su hogar, y sin duda era mucho más de lo que había tenido antes. Encargó a un hombre para que comandara la caravana, y que lo esperaran en determinado punto del camino. Él, llevándose un caballo, montó hasta el otro pueblo a ver la hija enferma del hombre rico. Llegando al anochecer, se detuvo en la casa de una anciana. Mientras él comía, ella le contó cuán triste estaba la aldea, ya que la muchacha, que tan buena era con todos, estaba muriendo.

-“Yo puedo curarla”- dijo.

-“In-dah”, dijo la anciana. “Todos los hombres medicina han intentado en vano. ¿Qué podrías hacer tú?”-

-“Yo puedo curarla”- insistió él.

Finalmente la anciana fue a la casa del hombre rico y le dijo que había un extraño que aseguraba que podía curar a su hija. El hombre rico le contestó:

-“Ve a decirle que venga inmediatamente”- y la anciana lo hizo.

Cuando el bueno llegó, el hombre rico le preguntó:

-“¿Eres tú el que dice que puede curar a mi hija?”-

-“Yo soy”-

-“¿Por cuánto la curarías?”-

-“¿Qué me podrías dar?”-

-“La mitad de lo que tengo”, dijo el hombre rico, “lo que es mucho”-

-“Muy bien, prepárense para mañana, porque vendré antes del amanecer”-

Cuando el negro de la noche comenzó a ponerse azul, el bueno apareció y sacó a la muchacha enferma de su cama. La llevó a la puerta, en el momento en que salía el sol y sus rayos tocaron su cabeza gacha. E instantáneamente estuvo completamente recuperada, tan fuerte y bella como siempre.

Ese mismo día, el padre de la muchacha dividió sus riquezas en dos y le dio su parte al bueno, quien nuevamente tuvo que contratar a varios hombres para que la transportaran con carretas. En el sitio acordado, lo esperaba el encargado con lo que le habían pagado en Isleta. Y poniendo todas sus riquezas juntas, las manadas de animales, las carretas llenas de maíz y vestidos y adornos, emprendieron el camino a su casa, enviando un mensajero a caballo para que se adelantara y le contara a su esposa.

Cuando el malo vio todos los caballos dirigiéndose a la casa de su amigo, corrió a ver de qué se trataba. Y allí estaba el bueno con toda su riqueza recuperada. Lleno de envidia, le preguntó de dónde había sacado todo esto, y el bueno le contó lo que le había sucedido.

-“Entonces”, dijo el malo, “yo también iré a esa casa abandonada; tal vez oiga algo”-

Así que salió con el burro que le había ganado en la apuesta a su amigo hasta que llegó a la casa en medio del campo y se escondió en la chimenea.

A la noche, los demonios se reunieron, y los dos demonios jóvenes le informaron al viejo lo que había sucedido con el río y con la muchacha enferma, y que ninguno de los dos podrían ser embrujados otra vez.

-“Alguien debe habernos escuchado anoche”, dijo el demonio viejo, muy enojado. “Inspeccionen la casa”-

En poco tiempo encontraron al malo en la chimenea, suponiendo que había sido él quien había deshecho sus brujerías, lo arrastraron sin piedad allí a donde moran los demonios.

jueves, 18 de junio de 2015

UNA BUENA SOPA



Una mañana una niña llamada Rosita, al desayunar probó la sopa que le dio su mamá, y dejando la cuchara en el plato, le dijo:

-“Mamá, hoy la sopa está muy insípida y no la puedo comer”-

La madre le contestó: -“Has lo que quieras, esta noche te preparé un mejor”-

Su mamá se fue al huerto para sacar unas papas de la tierra y le pidió a su hija que escogiera las más grandes para llevarlas a la cocina y así preparar una nueva sopa para la noche.

Al caer la noche, la sopa ya estaba lista y la mamá le sirvió a su hija.

La niña le comentó a su madre: -“Esta sopa está mucho mejor que la de en la mañana”-

Y se comió un buen plato y hasta repitió. Cuando hubo terminado, la madre sonrió y le dijo:

-“Pues es la misma sopa que te pareció tan mala esta mañana. Ahora te sabe muy bien porque has estado trabajando todo el día y tienes apetito. Las papas que obtuvimos esta mañana, están dentro del refrigerador”-

miércoles, 17 de junio de 2015

LA PALOMA Y LA HORMIGA



Obligada por la sed, una hormiga bajó a un manantial, y arrastrada por la corriente, estaba a punto de ahogarse.

Viéndola en esta emergencia una paloma, desprendió de un árbol una ramita y la arrojó a la corriente, montó encima a la hormiga salvándola.

Mientras tanto un cazador de pájaros se adelantó con su arma preparada para cazar a la paloma.

Le vio la hormiga y le picó en el talón, haciendo soltar al cazador su arma.

Aprovechó el momento la paloma para alzar el vuelo. 

jueves, 11 de junio de 2015

EL ÁRBOL Y EL MATORRAL



El árbol no paraba de quejarse, y el matorral estaba empezando a cansarse de él.

En comparación con otros árboles, éste era más bien pequeño, pues no era sino un manzano silvestre, no mucho mayor que el matorral. Sus ramas eran oscuras y retorcidas, y sus frutos no pasaban de ser manzanitas amargas que nadie quería.

Era primavera, y el árbol seguía quejándose sin parar. Decía:

-“Más tarde se pondrá a llover y seguramente seguirá lloviendo todo el día de mañana. Además, soplará el viento”-

-“Quizá se rompan algunas de mis ramas…”-

-“Pero el viento trae consigo un tiempo más templado”- dijo el matorral.

-“Además”- prosiguió el árbol, sin prestar atención al matorral, -“Esos horribles pájaros pronto harán sus nidos y se comerán nuestros retoños…”-

-“Ya me estoy hartando de tus quejas, árbol. Si no tienes nada agradable que decir, será mejor que te calles de una vez”-

El árbol se puso a refunfuñar para sus adentros, mirando a su alrededor en busca de más motivos para quejarse. Se hacía la vida imposible. El campo no tardaría en anegarse, las vacas destrozarían el matorral y las cornejas invadirían el campo.

Se dejarían la verja abierta y entrarían las ovejas. Pensaba y hablaba continuamente.

El matorral decidió que era preciso hacer algo para acabar con las quejas del árbol. Pero ¿qué?

La mejor amiga del matorral era la corneja, a quien le gustaba saltar por entre los arbustos y las plantas en busca de gusanos y ahuyentar a los mirlos y a los herrerillos. Cuando se cansaba de ese pasatiempo, se posaba sobre el matorral para parlotear con él y disfrutar del paisaje.

Un día, al aparecer la vieja corneja, el matorral le explicó su problema:

–“¿Qué puedo hacer para que deje de quejarse el árbol?”-

La corneja se puso a reflexionar y al fin dijo:

-“Se queja porque no tiene ningún propósito en la vida”-

-“¿Pero dónde hallar un aliciente o un sentido para su vida?”- preguntó el matorral.

-“¡Amigo matorral! Lo tienes muy cerca”-

La primavera dio paso al verano y el matorral se puso verde y florido. Como de costumbre, entre sus hojas creció una madreselva silvestre, entrelazando sus tallos y fragantes flores. Los abejorros zumbaban en el cálido aire de la tarde.

-“Dime, árbol”- le dijo un día de sopetón el matorral, -“¿Qué es lo más terrible de tu existencia?”-

El árbol, sorprendido, no sabía qué contestar. Había tantas cosas…, total que empezó a recitar una lista detallada de las mismas.

-“No, no, no me digas tantas cosas, dime lo peor”-

El árbol guardó silencio durante varios días. Al fin, murmuró tristemente:

-“Lo peor es que no gusto a nadie”-

-“Y no gusto porque soy feo. Mis flores sólo duran unos pocos días antes de que las arranque el viento. Mis hojas no son hermosas y mis manzanas silvestres saben a rayos”-

-“¡Pues eso tiene fácil solución!”- exclamó el matorral. –“Le pediré a la madreselva que crezca alrededor de tu tronco y sobre tus ramas. De este modo, la mayor parte del año estarás cubierto de flores fragantes y grandes hojas”-

-“Lo malo es que…”-

-“Sigue, sigue”- le apremió el árbol.

-“Bueno, que la madreselva no está interesada. Dice que te quejas demasiado”-

El árbol guardó silencio de nuevo. Luego dijo:

“-Si prometo quejarme menos, ¿no podrías convencerla para que creciera sobre mí?”-

-“Si estuvieras todo un año sin quejarte, a lo mejor aceptaría”- contestó el matorral.

Le costó, pero el árbol estuvo todo un año sin quejarse una sola vez.

Ni siquiera cuando apareció la sequía en verano. Ni cuando estuvo lloviendo durante todo el mes de octubre. Ni cuando soplaron los fuertes vientos invernales.

Un día, a la primavera siguiente, la madreselva echó un pequeño retoño.

A medida que crecía iba rodeando el tronco del árbol y extendiéndose sobre sus ramas. Sus verdes hojas dieron relevancia, en mayo, a las flores blancas del manzano. Cuando el viento de junio arrancó los capullos del árbol, la madreselva abrió sus fragantes flores amarillas y rosas y el árbol se convirtió en el más hermoso de todo el campo.

A partir de aquel día el árbol no volvió a quejarse jamás. Ni una sola vez.

Ya en invierno, se presentó la vieja corneja y le dijo al matorral:

-“Hace días que no oigo quejarse al árbol. Debe haberse hecho un propósito en la vida. ¿Cual es?”-

-“Eso pregúntaselo a él”- contestó el matorral.

La vieja corneja se acercó volando al árbol y le preguntó qué aliciente tenía para vivir.

-“No puedo entretenerme hablando, corneja. Estoy protegiendo del viento a la madreselva”-

-“Pero si estamos en invierno y está toda marrón y marchita”-

-“Puede que esté así ahora”- replicó el árbol, -“Pero la madreselva confía en que yo la protegeré hasta la primavera. Entonces crecerá todavía más grande y fuerte que el año pasado. Se hará tan grande que me cubrirá por completo. ¿Y qué decir del aroma, corneja? ¿Te imaginas lo hermosa que será?”-

Por fin la vieja corneja y el matorral se sentían satisfechos. Ahora, y para siempre, el árbol tendría un motivo para sentirse útil, razón por la cual nunca más volvería a quejarse. Y así fue.

miércoles, 3 de junio de 2015

BARBA AZUL



Érase una vez un hombre que tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles tapizados de brocado y carrozas completamente doradas; pero, por desgracia, aquel hombre tenía la barba azul: aquello le hacía tan feo y tan terrible, que no había mujer ni joven que no huyera de él.

Una distinguida dama, vecina suya, tenía dos hijas sumamente hermosas. Él le pidió una en matrimonio, y dejó a su elección que le diera la que quisiera. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban la una a la otra, pues no se sentían capaces de tomar por esposo a un hombre que tuviera la barba azul. Lo que tampoco les gustaba era que se había casado ya con varias mujeres y no se sabía qué había sido de ellas.

Barba Azul, para irse conociendo, las llevó con su madre, con tres o cuatro de sus mejores amigas y con algunos jóvenes de la localidad a una de sus casas de campo, donde se quedaron ocho días enteros. Todo fueron paseos, partidas de caza y de pesca, bailes y festines, meriendas: nadie dormía, y se pasaban toda la noche gastándose bromas unos a otros. En fin, todo resultó tan bien, que a la menor de las hermanas empezó a parecerle que el dueño de la casa ya no tenía la barba tan azul y que era un hombre muy honesto.

En cuanto regresaron a la ciudad se consumó el matrimonio.

Al cabo de un mes Barba Azul dijo a su mujer que tenía que hacer un viaje a provincias, por lo menos de seis semanas, por un asunto importante; que le rogaba que se divirtiera mucho durante su ausencia, que invitara a sus amigas, que las llevara al campo si quería y que no dejase de comer bien.

-“Éstas son”- le dijo –“las llaves de los dos grandes guardamuebles; éstas, las de la vajilla de oro y plata que no se saca a diario; éstas, las de mis cajas fuertes, donde están el oro y la plata; ésta, la de los estuches donde están las pedrerías, y ésta, la llave maestra de todos las habitaciones de la casa. En cuanto a esta llavecita, es la del gabinete del fondo de la gran galería del piso de abajo: abre todo, anda por donde quieras, pero te prohíbo entrar en ese pequeño gabinete, y te lo prohíbo de tal suerte que, si llegas a abrirlo, no habrá nada que no puedas esperar de mi cólera.

Ella prometió observar estrictamente cuanto se le acababa de ordenar, y él, después de besarla, subió a su carroza y salió de viaje.

Las vecinas y las amigas no esperaron que fuesen a buscarlas para ir a casa de la recién casada, de lo impacientes que estaban por ver todas las riquezas de su casa, pues no se habían atrevido a ir cuando estaba el marido, porque su barba azul les daba miedo.

Y ahí las tenemos recorriendo en seguida las habitaciones, los gabinetes, los guardarropas, todos a cual más bellos y ricos. Después subieron a los guardamuebles, donde no dejaban de admirar la cantidad y la belleza de las tapicerías, de las camas, de los sofás, de los bargueños, de los veladores, de las mesas y de los espejos, donde se veía uno de cuerpo entero, y cuyos marcos, unos de cristal, otros de plata y otros de plata recamada en oro, eran los más hermosos y magníficos que se pudo ver jamás.

No paraban de exagerar y envidiar la suerte de su amiga, que sin embargo no se divertía a la vista de todas aquellas riquezas, debido a la impaciencia que sentía por ir a abrir el gabinete del piso de abajo.

Se vio tan dominada por la curiosidad, que, sin considerar que era una descortesía dejarlas solas, bajó por una pequeña escalera secreta, y con tal precipitación, que creyó romperse la cabeza dos o tres veces.

Al llegar a la puerta del gabinete, se detuvo un rato, pensando en la prohibición que su marido le había hecho, y considerando que podría sucederle alguna desgracia por ser desobediente; pero la tentación era tan fuerte, que no pudo resistirla: cogió la llavecita y, temblando, abrió la puerta del gabinete.

Al principio no vio nada, porque las ventanas estaban cerradas; después de algunos momentos empezó a ver que el suelo estaba completamente cubierto de sangre coagulada, y que en la sangre se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas que estaban atadas a las paredes eran todas las mujeres con las que Barba Azul se había casado y que había degollado una tras otra.

Creyó que se moría de miedo, y la llave del gabinete, que acababa de sacar de la cerradura, se le cayó de las manos.

Después de haberse recobrado un poco, recogió la llave, volvió a cerrar la puerta y subió a su habitación para reponerse un poco; pero no lo conseguía, de lo angustiada que estaba.

Habiendo notado que la llave estaba manchada de sangre, la limpió dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por más que la lavaba e incluso la frotaba con arena y estropajo, siempre quedaba sangre, pues la llave estaba encantada y no había manera de limpiarla del todo: cuando se quitaba la sangre de un sitio, aparecía en otro.

Barba Azul volvió aquella misma noche de su viaje y dijo que había recibido cartas en el camino que le anunciaban que el asunto por el cual se había ido acababa de solucionarse a su favor.

Su mujer hizo todo lo que pudo por demostrarle que estaba encantada de su pronto regreso.

Al día siguiente, él le pidió las llaves, y ella se las dio, pero con una mano tan temblorosa, que él adivinó sin esfuerzo lo que había pasado.

-“¿Cómo es que”- le dijo –“la llave del gabinete no está con las demás?”-

-“Se me habrá quedado arriba en la mesa”- contestó.

-“No dejes de dármela en seguida”- dijo Barba Azul.

Después de aplazarlo varias veces, no tuvo más remedio que traer la llave.
Barba Azul, habiéndola mirado, dijo a su mujer:

-“¿Por qué tiene sangre esta llave?”-

-“No lo sé”- respondió la pobre mujer, más pálida que la muerte.

-“¿No lo sabes?”- prosiguió Barba Azul; -“Pues yo sí lo sé: habrás querido entrar en el gabinete. Pues bien, señora, entrarás en él e irás a ocupar tu sitio al lado de las damas que habéis visto”-

Ella se arrojó a los pies de su marido, llorando y pidiéndole perdón con todas las muestras de un verdadero arrepentimiento por no haber sido obediente. Hermosa y afligida como estaba, hubiera enternecido a una roca; pero Barba Azul tenía el corazón más duro que una roca.

-“Señora, debes de morir”- le dijo, -“Y ahora mismo”-

-“Ya que he de morir”- le respondió, mirándole con los ojos bañados en lágrimas, -“Dame un poco de tiempo para encomendarme a Dios”-

-“Te doy medio cuarto de hora”- prosiguió Barba Azul, -“Pero ni un momento más”-

Cuando se quedó sola, llamó a su hermana y le dijo:

-“Ana, hermana mía”- pues así se llamaba, -“Por favor, sube a lo más alto de la torre para ver si vienen mis hermanos; me prometieron que vendrían a verme hoy, y, si los ves, hazles señas para que se den prisa”-

Su hermana Ana subió a lo alto de la torre y la pobre afligida le gritaba de cuando en cuando:

-“Ana, hermana Ana, ¿no ves venir a nadie?”-

Y su hermana Ana le respondía:

-“No veo más que el sol que polvorea y la hierba que verdea”-

Entre tanto Barba Azul, que llevaba un gran cuchillo en la mano, gritaba con todas sus fuerzas a su mujer:

-“¡Baja en seguida o subiré yo a por ti!”-

-“Un momento, por favor”- le respondía su mujer; y en seguida gritaba bajito:

-“Ana, hermana Ana, ¿no ves venir a nadie?”-

Y su hermana Ana respondía:

-“No veo más que el sol que polvorea y la hierba que verdea”-

-“¡Vamos, baja en seguida”- gritaba Barba Azul –“o subo yo a por ti!”-

-“Ya voy”- respondía su mujer, y luego preguntaba a su hermana:

-“Ana, hermana Ana, ¿no ves venir a nadie?”-

-“Veo”- respondió su hermana –“una gran polvareda que viene de aquel lado”-

-“¿Son mis hermanos?”-

-“¡Ay, no, hermana! Es un rebaño de ovejas”-

-“¿Quieres bajar de una vez?”- gritaba Barba Azul.

-“Un momento”- respondía su mujer; y luego volvía a preguntar:

-“Ana, hermana Ana, ¿no ves venir a nadie?”-

-“Veo”- respondió –“dos caballeros que se dirigen hacia aquí, pero todavía están muy lejos”-

-“¡Alabado sea Dios!”- exclamó un momento después. –“Son mis hermanos; estoy haciéndoles todas las señas que puedo para que se den prisa”-

Barba Azul se puso a gritar tan fuerte, que toda la casa tembló.

La pobre mujer bajó y fue a arrojarse a sus pies, toda llorosa y desmelenada.

-“Es inútil”- dijo Barba Azul, -“tienes que morir”-

Luego, cogiéndola con una mano por los cabellos y levantando el gran cuchillo con la otra, se dispuso a cortarle la cabeza.

La pobre mujer, volviéndose hacia él y mirándolo con ojos desfallecientes, le rogó que le concediera un minuto para recogerse.

-“No, no”- dijo, -“encomiéndate a Dios”-
Y, levantando el brazo…

En aquel momento llamaron tan fuerte a la puerta, que Barba Azul se detuvo bruscamente; tan pronto como la puerta se abrió vieron entrar a dos caballeros que, espada en mano, se lanzaron directos hacia Barba Azul. Él reconoció a los hermanos de su mujer, el uno dragón y el otro mosquetero, así que huyó en seguida para salvarse; pero los dos hermanos lo persiguieron tan de cerca, que lo atraparon antes de que pudiera alcanzar la salida. Le atravesaron el cuerpo con su espada y lo dejaron muerto.

La pobre mujer estaba casi tan muerta como su marido y no tenía fuerzas para levantarse y abrazar a sus hermanos.

Sucedió que Barba Azul no tenía herederos, y así su mujer se convirtió en la dueña de todos sus bienes.

Empleó una parte en casar a su hermana Ana con un joven gentilhombre que la amaba desde hacía mucho tiempo; empleó la otra parte en comprar cargos de capitán para sus dos hermanos; y el resto en casarse ella también con un hombre muy honesto, que le hizo olvidar los malos ratos que había pasado con Barba Azul.

martes, 2 de junio de 2015

EL LOBO CREYÓ QUE LA LUNA ERA DE QUESO



Andaba el lobo muy hambriento y ya no sabía que hacer para coger algún animal para comérselo. Y por hay encuéntrese con la zorra y le dice:

-“Oiga usted, señora zorra, que me la voy a comer”-

Y la zorra le dijo:

-“Pero mire usted, que estoy muy flaca. No soy más que huesos y pellejos”-

-“No, que usted estaba muy gordita el pasado año”-

-“El año pasado si que estaba gordita, pero ahora tengo que darles de mamar a mis cuatro zorritos y apenas hallo bastante para crear leche para ellos”-

-“¡Que no me importa!”- le dijo el lobo.

Iba a darle la primera mordida, cuando la zorra le dijo:

-“Deténgase usted, por dios, señor lobo. Mire que yo se donde vive un señor que tiene un pozo lleno de quesos”-

Y se fueron la zorra y el lobo a buscar los quesos. Y llegaron a una casa y pasaron unas tapias y llegaron ande el pozo, y la Luna se reflejaba en el agua y parecía un queso. Y se asomó la zorra y volvió y le dijo al lobo:

-“¡Ay amigo lobo, que el queso es grandote! Mire asómese usted”-

Y se asomó el lobo y vio la Luna y creyó que era un queso grandote. Pero el lobo sospechó y le dijo a la zorra:

-“Pues bueno, amiga zorra, entre usted por el queso”- Y la zorra se metió en uno de los cubos y entró por el queso. Y desde abajo le gritaba al lobo:

-“¡Ay, amigo lobo! ¡Que grandote está el queso! ¡No puedo con él! Venga usted a ayudarme a subirle”-

-“Pero no puedo yo entrar”- le decía el lobo. –“¿Cómo voy yo a entrar? Súbalo usted sola”-

Y la zorra le dijo:

-“Pero no sea usted torpe. Métase usted en el otro cubo y verá como así entra fácilmente”-

Y se metió la zorra entonces en el cubo donde había bajado. Y el lobo se metió en el otro cubo y, como pesaba más, se deslizó para abajo y la zorra subió para arriba. Y hay se quedó el lobo buscando el queso, y la zorra se fue muy contenta a ver a sus zorritos.