lunes, 11 de enero de 2016

EL CORREDOR VELOZ



En un reino muy lejano, lindando con una ciudad había un pantano muy extenso; para entrar y salir de la ciudad había que seguir una carretera tan larga que, yendo de prisa, se empleaba tres años en bordear el pantano, y yendo despacio se tardaba más de cinco.

A un lado de la carretera vivía un anciano muy devoto que tenía tres hijos. El primero se llamaba Iván; el segundo, Basiliv, y el tercero, Simeón. El buen anciano pensó hacer un camino en línea recta a través del pantano, construyendo algunos puentes necesarios, con objeto de que la gente pudiese hacer todo el trayecto tardando solamente tres semanas o tres días, según se fuese a pie o a caballo. De este modo harían todos gran economía de tiempo.

Se puso al trabajo con sus tres hijos, y al cabo de bastante tiempo terminó la obra; el pantano quedó atravesado por una ancha carretera en línea recta con magníficos puentes.
De vuelta a casa, el padre dijo a su hijo mayor:

-Oye, Iván, ve, siéntate debajo del primer puente y escucha lo que dicen de mí los transeúntes.

El hijo obedeció y se escondió debajo de uno de los arcos del primer puente, por el que en aquel momento pasaban dos ancianos que decían:

-Al hombre que ha construido este puente y arreglado esta carretera, Dios le concederá lo que pida.

Cuando Iván oyó esto salió de su escondite, y saludando a los ancianos, les dijo:

-Este puente lo he construido yo, ayudado por mi padre y mis hermanos.

-¿Y qué pides tú a Dios? -preguntaron los ancianos.

-Pido tener mucho dinero durante toda mi vida.

-Está bien. En medio de aquella pradera hay un roble muy viejo: excava debajo de sus raíces y encontrarás una gran cueva llena de oro, plata y piedras preciosas. Toma tu pala, excava y que Dios te dé tanto dinero que no te falte nunca hasta que te mueras.

Iván se fue a la pradera, excavó debajo del roble y encontró una caverna llena de una inmensidad de riquezas en oro, plata y piedras preciosas, que se llevó a su casa.

Al llegar allí, su padre le preguntó:

-¿Y qué, hijo mío, qué es lo que has oído hablar de mí a la gente?

Iván le contó todo lo que había oído hablar a los dos ancianos y cómo éstos lo habían colmado de riquezas para toda su vida.

Al día siguiente el padre envió a su segundo hijo. Basiliv se sentó debajo del puente y se puso a escuchar lo que la gente decía. Pasaban por el puente dos viejos, y cuando estuvieron cerca de donde Basiliv se hallaba escondido, éste los oyó hablar así:

-Al que construyó este puente, todo lo que pida a Dios le será concedido.

Salió en seguida Basiliv de su escondite, y saludando a los dos ancianos, les dijo:

-Abuelitos, este puente lo he construido yo con ayuda de mi padre y de mis hermanos.

-¿Y qué es lo que tú desearías? -le preguntaron.

-Que Dios me diese, para toda mi vida, mucho grano.

-Pues vete a casa, siega trigo, siémbralo y verás cómo Dios te dará trigo para toda tu vida.
Basiliv llegó a casa, contó al padre lo que le habían dicho, segó trigo y luego sembró la semilla. En seguida creció tantísimo trigo que no sabía dónde guardarlo.

Al tercer día el viejo envió a su tercer hijo. Simeón se escondió debajo del puente, y al cabo de un rato oyó pasar a los dos ancianos, que decían:

-Al que hizo este puente y esta carretera, de seguro que Dios le dará todo lo que le pida.

Al oír Simeón estas palabras salió de su escondite y se presentó a los dos hombres, diciéndoles:

-Yo he construido este puente y esta carretera con la ayuda de mi padre y de mis hermanos.

-¿Y qué es lo que pides a Dios?

-Que el zar me acepte como soldado de su escolta.

-Pero muchacho, ¿no sabes que esta profesión de soldado es difícil y pesada? ¡Cuántas lágrimas vas a verter! Pídele a Dios cualquier otra cosa más agradable para ti.

Pero el joven insistió en su propósito, diciéndoles:

-Ustedes son viejos y, sin embargo, lloran; ¿qué tiene de particular que llore yo, que soy más joven? El que no llore en este mundo llorará en el otro.

-Ya que te empeñas, sea; nosotros te bendeciremos.

Y diciendo esto pusieron las manos sobre su cabeza, y al instante el joven se convirtió en un ciervo que corría con gran velocidad. Corrió a su casa, y su padre y hermanos, apenas lo vieron, quisieron cazarlo; pero él escapó y volvió junto a los ancianos, quienes lo transformaron en una liebre. Volvió por segunda vez a su casa, y cuando allí se dieron cuenta de que había entrado una liebre, se echaron sobre ella para cogerla; pero se escapó y se volvió a acercar a los dos viejos, los cuales, por tercera vez, lo transformaron en un pajarito dorado que volaba con gran rapidez. Voló a casa de su familia, y entrando por la ventana, se puso a piar y saltar en el alféizar. Los hermanos procuraron cogerlo; pero él, con gran ligereza, escapó al campo. Esta vez, cuando el pajarito dorado se arrimó a los dos viejos, se transformó en el joven de antes y éstos le dijeron:

-Ahora, Simeón, vete a alistarte en el ejército del zar. Si tuvieses que ir a algún sitio con gran rapidez, podrás transformarte en ciervo, en liebre o en pájaro, tal como nosotros te hemos enseñado.

Simeón volvió a casa y pidió al padre que le dejase ir a servir al zar como soldado.

-¿Por qué quieres ir a servir al zar, cuando todavía eres joven y aún no tienes experiencia de la vida?

-No, padre; déjame ir, porque es la voluntad de Dios.

El padre le dio permiso y Simeón preparó todas sus cosas, se despidió de su familia y tomó la carretera que iba a la capital. Caminó muchos días, y al fin llegó; entró en el palacio y se presentó al mismo zar. Se inclinó delante de él y le dijo:

-Mi zar y señor, no te ofendas por mi osadía: quiero servir en tu ejército.

-¡Pero muchacho! ¡Tú eres demasiado joven todavía!

-Puede que sea demasiado joven e inexperto; pero creo que podré servirte igual que los demás, y así lo prometo a Dios.

El zar consintió y lo nombró soldado de su escolta personal.

Pasado algún tiempo, un rey enemigo emprendió una guerra sangrienta contra el zar. Éste empezó a preparar su ejército y quiso dirigirlo en persona. Simeón pidió al zar que lo dejase ir también a él para acompañarlo; el zar consintió, y todo el ejército se puso en camino en busca del enemigo.

Caminaron muchos días y atravesaron muchas tierras, hasta que al fin llegaron a enfrentarse con el enemigo. La batalla había de tener lugar dentro de tres días.

El zar pidió que le preparasen sus armas de combate; pero, con la prisa con que se marcharon de la capital, habían dejado olvidados en palacio la espada y el escudo. ¡El zar sin sus armas no quería entrar en batalla para batir al enemigo!...

Hizo leer un bando disponiendo que si había alguien que se considerase capaz de ir y volver a palacio en tres días y traerle la espada y el escudo, que se presentase. Al que consiguiese traerle sus armas, el zar ofrecía darle en recompensa por esposa a su hija María, la cual llevaría como dote la mitad del Imperio, y además sería declarado heredero del trono.

Se presentaron varios voluntarios; uno de ellos decía que él podría ir y volver en tres años, otro que en dos años, y un tercero que en uno. Entonces Simeón se presentó al zar y le dijo:

-Majestad, yo puedo ir a palacio y traerte tu espada y tu escudo en tres días.

El zar se puso contentísimo, lo abrazó dos veces y escribió en seguida una carta a su hija, en la que disponía que entregase a su soldado Simeón la espada y el escudo que había dejado olvidados en palacio.

Simeón cogió el mensaje del zar y se marchó. Cuando estuvo a una legua del campamento se transformó en ciervo y se puso a correr con la rapidez de una flecha. Corrió, corrió y cuando se cansó se transformó en liebre; continuó así con la misma rapidez, y cuando las patas empezaron a cansarse se transformó en un pajarito dorado y voló con más rapidez que antes. Un día y medio después llegaba a palacio, donde la zarevna María se había quedado. Se transformó entonces en hombre, entró en palacio y entregó a la zarevna el mensaje del zar. Ésta lo tomó, y después de leerlo preguntó al joven:

-¿De qué modo has podido pasar por tantas tierras en tan poco tiempo?

-Pues así -respondió Simeón.

Y transformándose en un ciervo dio, con gran velocidad, unas carreras por el parque. Después se acercó a la zarevna y descansó la cabeza sobre las rodillas de la joven; ésta cortó con sus tijeritas un mechón de pelo de la cabeza del ciervo. Después se transformó en una liebre y se puso a dar saltos y brincos, cobijándose luego en las rodillas de la zarevna, quien también cortó otro mechón de pelo de la cabeza de la liebre. Por último, se transformó en un pajarito con la cabeza dorada, voló de un lado a otro y se posó sobre la mano de la zarevna María. La joven le arrancó algunas plumitas doradas de la cabeza; cogió los mechones de pelo que había cortado al ciervo y a la liebre y las plumas del pajarito y lo puso todo en un pañuelo, que ató y escondió en su bolsillo. El pajarito esta vez se transformó en el joven de antes.

La zarevna hizo que le diesen de comer y beber y le dio provisiones para el camino. Después de entregarle el escudo y la espada del zar su padre, al despedirse le dio un abrazo, y el joven corredor se marchó al campamento de su zar.

Otra vez se transformó en ciervo; cuando se cansó de correr, en liebre; cuando se cansó de nuevo, en pajarito, y al tercer día vio, ya no lejos, la tienda imperial. Al llegar a la distancia de media legua se transformó en su verdadero ser y se echó en la sombra de un zarzal a la orilla del mar, para descansar un poco del viaje. Puso la espada y el escudo a su lado; pero era tanto el cansancio que tenía, que se durmió al momento.

Uno de los generales del zar, que por casualidad paseaba por allí, descubrió al corredor dormido; aprovechándose de su sueño lo tiró al agua, y cogiendo la espada y el escudo fue a la tienda de campaña del zar y le entregó las armas, diciéndole:

-Señor: he aquí tu espada y tu escudo; yo mismo te los he traído.

El zar, entusiasmado, dio las gracias al general sin acordarse de Simeón. A las pocas horas se entabló la batalla con el enemigo, el resultado de la cual fue una gran victoria para el zar y su ejército.

Al pobre Simeón, cuando cayó al mar, lo cogió el zar del Mar y lo arrastró a las profundidades de su reino. Vivió con este zar durante un año y se puso muy triste.

-¿Qué tienes, Simeón, te aburres aquí? -le preguntó un día el zar del Mar.

-Sí, majestad.

-¿Quieres ir a la tierra rusa?

-Sí quiero, si su majestad lo permite.

El zar lo subió y lo sacó a la orilla durante una noche muy oscura.

Simeón se puso a rezar, diciendo:

-¡Dios mío, haz salir el Sol!

Cuando el cielo empezaba a teñirse de púrpura por levante con la luz de la aurora, el zar del Mar se presentó a Simeón, lo agarró y se lo llevó otra vez a su reino.

Vivió allí otro año, y de la tristeza que tenía estaba siempre llorando. Otra vez le preguntó entonces el zar:

-¿Por qué lloras, muchacho? ¿Te aburres?

-Mucho, majestad.

-¿Quieres volver a la tierra rusa?

-Sí, majestad.

Lo cogió y lo dejó a la orilla del mar. Simeón, con lágrimas en los ojos, rogó al Señor, diciendo:

-¡Dios mío, haz que salga el Sol!

Apenas empezó a teñirse el horizonte, el zar del Mar se presentó como la otra vez, lo cogió y lo arrastró a las profundidades de su reino.

Pasó el pobre Simeón el tercer año, y estaba tan afligido que no hacía más que llorar todo el día. Un día que estaba más triste que de costumbre, el zar del Mar se le acercó y le dijo:

-Pero ¿por qué lloras? ¿Te aburres? ¿Quieres volver a la tierra rusa?

-Sí, majestad.

Lo sacó por tercera vez fuera del agua y lo dejó a la orilla del mar. Apenas se encontró Simeón fuera del agua, se puso de rodillas, y con grandísimo fervor rogó así:

-¡Dios mío, ten piedad de mí! Haz que salga el Sol.

No había tenido tiempo de decirlo, cuando el Sol se mostró en todo su esplendor, iluminando el mundo con sus rayos. Esta vez el zar del Mar tuvo miedo a la luz del día y no se atrevió a salir a coger a Simeón, el cual se vio libre.

Se puso en camino hacia su reino, transformándose primero en ciervo, después en liebre, y finalmente en un pajarito, y en poco tiempo llegó al palacio del zar.

En los tres años que habían pasado, el zar llegó con su ejército a la capital de su reino e hizo los preparativos para la boda de su hija con el general embustero que dijo ser quien había llevado al campamento la espada y el escudo imperiales.

Simeón entró en la sala donde estaban sentados a la mesa María Zarevna, el general y los convidados, y apenas María lo vio entrar, lo reconoció y dijo a su padre:

-Padre y señor, permíteme decirte algo muy importante.

-Habla, hija mía, ¿qué es lo que quieres?

-El general que está sentado a mi lado en la mesa no es mi prometido. Mi verdadero prometido es el joven que acaba de entrar en la sala.

Y dirigiéndose al recién llegado le dijo:

-Simeón, haznos ver cómo fuiste tú el que consiguió llevar tan velozmente la espada y el escudo.

Simeón se transformó en ciervo, corrió por el salón y se paró cerca de María Zarevna; ésta sacó de su pañuelo el mechón de pelo que había cortado al ciervo, y mostrándolo al zar le enseñó el sitio de donde lo había cortado y le dijo:

-Mira, padre, ésta es una prueba.

El ciervo se transformó en liebre, saltó por todas partes y se fue a echar en el regazo de la zarevna. María mostró entonces el mechón de pelo que había cortado a la liebre.

Se transformó la liebre en un pajarito con la cabeza de oro, y después de volar con gran rapidez por todo el salón vino a posarse en un hombro de la zarevna. Ésta desató el tercer nudo de su pañuelo y mostró al zar las plumitas doradas que había arrancado de la cabeza del pajarito.

Al ver esto el zar comprendió toda la verdad, y después de escuchar las explicaciones de Simeón, condenó a muerte al general. A María la casó con Simeón y éste fue nombrado heredero del trono.

domingo, 10 de enero de 2016

EL AGUA AMARILLA



Un rey que había llegado a ser rey siendo aún muy joven, andaba enamorado de la hija de uno de los guardas que cuidaban de las tierras que pertenecían al palacio.

Este guarda tenía su casa dentro de los límites de los jardines de palacio y por eso el rey acostumbraba a pasear por ellos con la esperanza de encontrarse con la muchacha que él quería, pero nunca conseguía verla a solas y tenía que conformarse con contemplarla, a ella y a sus dos hermanas, por entre los pocos huecos que dejaba el tupido seto que rodeaba la casa.

Así pasaban los días y el espíritu del rey oscilaba entre la ansiedad y la melancolía.

Una de las veces en que entretenía el tiempo mirando a través del seto, vio que las tres hijas del guarda estaban a la puerta de su casa cosiendo tranquilamente.

Entonces el rey aguzó el oído y pudo escuchar esta conversación:

-Ay, cuánto me gustaría poder casarme con un joven guapo que tuviera el oficio de panadero, porque así tendría el pan asegurado para mí y para mis hijos durante toda la vida -eso lo dijo la mayor de las hermanas.

-Pues a mí -dijo la mediana- me gustaría casarme con un cocinero joven y guapo, porque entonces tendría pan y comida para toda la vida.

Y entonces oyó decir a la pequeña, que era a la que él amaba:

-Pues yo no quiero ninguno de esos dos maridos, porque yo lo que quisiera es casarme con el rey -y lo decía a sabiendas de que eso era imposible.

Y el rey que lo oyó, rodeó el seto tras el que las observaba, se presentó delante de las muchachas y les dijo:

-He escuchado vuestros tres deseos y, cuando queráis, yo me ocupo de que se celebren esas tres bodas en el palacio. Tú -dijo dirigiéndose a la mayor- te casarás con mi panadero; tú -dijo dirigiéndose a la mediana- te casarás con mi cocinero; y tú -añadió dirigiéndose a la pequeña- te casarás conmigo, porque yo soy el rey y tú eres la elegida de mi corazón.

Las tres hijas del guarda, aunque le encontraban muy guapo y apuesto, pensaron que era uno de los servidores del rey y se rieron de él, pero entonces llegó el padre, que reconoció al rey, y las tres comprendieron que era cierto lo que había dicho.

Así que se casaron muy alegres y contentas las tres.

Pero al poco tiempo, la envidia empezó a hacer nido en el corazón de las dos hermanas mayores, hasta el punto de que acabaron odiando a muerte a la más pequeña por esta causa.

Pasó el tiempo y, a punto de cumplirse el año desde el día de la boda, la reina dio a luz a un niño. Las hermanas, cuya envidia no había hecho sino crecer, aprovecharon un descuido, le robaron al niño, lo pusieron en un cestillo y lo echaron al río con la esperanza de que se ahogase. En su lugar, presentaron al rey una canastilla hermosamente adornada, con un cachorro de perro recién nacido envuelto en su interior, y le dijeron al rey que lo había parido su hermana.

El rey, aunque la amaba mucho, se llevó un disgusto tan grande que decidió repudiarla, pero sus consejeros le convencieron de que no lo hiciera, pues no sabían lo que aquello significaba. De modo que el rey decidió esperar y se reconcilió con la reina.

Entretanto, el cestillo en el que habían puesto al niño navegó por el río a lo largo del valle hasta que quedó varado en un remanso y allí fue donde lo encontró uno de los guardas del rey que vivían más alejados de palacio. Y como este guarda estaba deseando tener un hijo, pues su esposa era estéril, lo recogió y lo llevó a su casa, donde la mujer lo recibió con enorme alegría y acordaron criarlo sin decir a nadie cómo lo habían encontrado.

Y sucedió que la reina quedó nuevamente embarazada.

Las hermanas, que la odiaban aún más porque su plan no había salido como esperaban, resolvieron volver a hacer lo mismo, confiando en que esta vez su plan sí que daría resultado, y cambiaron al niño por un cachorro de gato recién nacido y se lo presentaron al rey. El rey, esta vez, sí que se puso furioso y quería matar a la reina, pero los consejeros le dijeron de nuevo que no lo hiciera, pues la naturaleza se manifestaba a veces de manera extraordinaria y aquel nuevo suceso les parecía aún más misterioso que el anterior, por lo que se hacía necesario esperar, al menos una vez más, antes de decidir que la reina era culpable. Y el rey lo aceptó a regañadientes.

Las hermanas, como la vez anterior, habían echado al niño al mismo río en un cestillo y este cestillo fue el que se encontró el mismo guarda, que le pareció un regalo del cielo y se apresuró a llevárselo a su mujer para que lo criara también, pues de este modo ya habían conseguido dos hijos.

La reina quedó nuevamente embarazada y, un año más tarde, dio a luz a una niña. A las hermanas les faltó tiempo para hacer con la criatura lo mismo que con sus hermanitos, pero no habiendo encontrado cachorro ni de perro ni de gato, pusieron en la canastilla un pedazo de corcho untado en sangre y echaron a la niña al río en otro cestillo. Y sucedió que el mismo guarda volvió a encontrarlo y, al ver que esta vez era una niña, se volvió loco de contento y se apresuró a llevárselo a su mujer para que la criara.

Entretanto, el rey, que ya no quiso oír a sus consejeros, mandó hacer una jaula de hierro, encerró en ella a la reina y ordenó que durante el día colgasen la jaula a la puerta del palacio para que, todos los que entraran o salieran de él, hicieran burla de ella y le echasen comida como a los animales, y a la noche la guardaran en las caballerizas.

Pasó el tiempo y los niños fueron creciendo en el hogar del guarda que los recogió y ni él ni su mujer dijeron nunca nada a nadie sobre el origen de los niños, de forma que todos los que los conocían los tenían por sus hijos naturales. Pero un día murió el guarda y la guardesa hubo de mudarse a una casa más alejada y más pequeña, en la linde del bosque, que era también del rey. Y cuando la niña cumplió quince años murió la guardesa y los niños quedaron huérfanos. Entonces ella tomó las riendas de la casa y la organizaba y mantenía mientras los hermanos sacaban dinero, de la caza unas veces, otras veces de jornal, para mantenerse los tres.

Hasta que, un día, una vieja se acercó a la casa y estuvo hablando con la niña, mientras los hermanos se encontraban fuera, y al término de la conversación le dijo:

-No seréis felices mientras no tengáis estas tres cosas: al agua amarilla, el pájaro que habla y el árbol que canta.

La niña quedó preocupada y confusa y cuando volvieron sus hermanos les contó lo que le había dicho la vieja. Entonces el mayor le contó que ellos también habían encontrado a una vieja que estuvo hablando con ellos y al final les entregó un espejo y un cuchillo advirtiéndoles que, cuando el espejo se empañara o el cuchillo se manchara de sangre, querría decir que su dueño se encontraba en gran peligro.

Conque el mayor decidió ir a buscar las tres cosas que dijo la vieja y, antes de ponerse en camino, entregó el cuchillo a sus hermanos y se metió en el bosque.

Después de mucho caminar, vio a un ermitaño a la puerta de su ermita y decidió preguntarle si sabía dónde se encontraban el agua amarilla, el pájaro que habla y el árbol que canta. El ermitaño le contestó que sí lo sabía, pero que todos los que buscaban estas tres cosas quedaban encantados y no volvían jamás.

El hermano mayor le contestó que él estaba decidido a conseguirlas y entonces el ermitaño le dio una bola con estas instrucciones: que cuando viera que el camino iba cuesta abajo, la dejara rodar, que se detendría sola ante un monte, que subiera ese monte y que nunca volviera la cara atrás.

El muchacho cogió la bola y, cuando vio que el camino descendía, hizo lo que el ermitaño le había dicho y empezó a subir el monte, pero a mitad de la subida oyó unas voces que le llamaban, volvió la cara y se quedó convertido en piedra.

Los otros dos hermanos estaban pendientes del cuchillo y, de pronto, vieron que éste se llenaba de sangre.

Entonces dijo el segundo hermano: -Esto es que mi hermano mayor está en peligro, así que voy en su auxilio.

Entregó su espejo a su hermana y se marchó por el bosque.

Después de mucho caminar, encontró la ermita y preguntó al ermitaño lo mismo que su hermano y el ermitaño le entregó otra bola y le dio las instrucciones, pero al muchacho le sucedió exactamente igual que a su hermano y quedó también convertido en piedra.

La hermana, que estaba mirándose en el espejo, vio de pronto cómo éste se empañaba y se ponía turbio y comprendió que su segundo hermano también se hallaba en peligro, por lo que resolvió ponerse en marcha y se internó en el bosque.

Cuando llegó a la ermita, preguntó al ermitaño:

-¿Ha visto usted pasar por aquí a dos mozos con tales y tales señas?
Y dijo el ermitaño:

-¿Dos mozos que iban buscando el agua amarilla?

-Ésos son -contestó ella.

-Pues a los dos les dije lo que te digo a ti, que tomes esta bola y, cuando veas que el camino va cuesta abajo, eches a rodar la bola, que se parará sola ante un monte; entonces sube a lo alto sin volver la cara, porque en lo más alto del monte está el pájaro que habla y, cuando le pongas la mano encima, ya podrás mirar atrás sin peligro.

Entonces ella le pidió una bola y también un poco de tela para taparse los oídos y echó a andar y fue haciendo todo lo que le decía el ermitaño. Como se había tapado los oídos con los pedacitos de tela no oyó las voces que la llamaban, y así llegó a lo alto del monte, donde vio un pájaro y le puso la mano encima; entonces el pájaro habló:

-¡Una mujer me tenía que coger! -dijo.

Y la muchacha le acarició dulcemente y le habló con mimos y después le preguntó por el agua amarilla y el árbol que canta y el pájaro, satisfecho, le explicó dónde se hallaban y también le explicó que si regaba con agua amarilla las piedras en que se habían convertido sus hermanos, los desencantaría.

La muchacha cortó una rama del árbol que canta, llenó un cantarillo que llevaba con el agua amarilla, humedeció la rama en él y con ella roció las piedras y desencantó a sus hermanos. Entonces se volvieron tan contentos a su casa, donde plantaron la rama del árbol. Y la rama prendió y empezó a crecer y de cada hoja nueva que brotaba salían cantos como si el árbol estuviera lleno de avecillas.

Al otro día, los dos hermanos fueron de caza, para buscarse el sustento, y se encontraron con el rey, pero no le reconocieron porque nunca le habían visto, de tan aislados como habían vivido.

Así que departieron con el rey y éste encontró tan agradables a los muchachos que los invitó a comer.

Ellos se lo agradecieron de todo corazón, pero le dijeron que no podían dejar a su hermana sola, y entonces dijo el rey:

-Pues que se venga ella también.

Y fueron a buscarla y luego a comer con el rey. Al entrar en el palacio vieron a una mujer en una jaula que les causó lástima, pero por prudencia no quisieron preguntar nada. Después de comer, el rey les enseñó el palacio y los jardines y, cuando se despidieron, suplicaron al rey que accediese a ir a comer con ellos a su casa, para corresponderle de alguna manera, a lo que el rey accedió de buena gana. Y al salir de palacio vieron de nuevo a la mujer en la jaula y se les encogió el corazón.

Así que regresaron a su casa, empezaron a pensar qué le darían de comer al rey y estaban discutiendo entre ellos cuando oyeron al pájaro que habla que decía:

-Ponedle pepinos rellenos de perlas.

-¿Qué dices? -replicaron ellos, atónitos.

-Ponedle pepinos rellenos de perlas.

-¿Y dónde vamos a encontrar nosotros unas perlas? -respondieron ellos.
Y les dijo el pájaro:

-Al pie del árbol que canta hallaréis una arqueta llena de perlas.

La buscaron y, efectivamente, allí estaba.

Conque, al día siguiente, llegó el rey, acompañado por alguno de sus consejeros como tenía por costumbre.

Se sentaron todos a la mesa que los hermanos habían preparado con todo esmero y la  muchacha sirvió de primer plato los pepinos. El rey partió uno y, al ver las perlas, dijo en voz alta, mostrándolo a sus consejeros:

-¿Dónde se ha visto comer pepinos con perlas?

Y el pájaro que habla dijo entonces:

-¿Y dónde se ha visto que una mujer pueda parir un perro, un gato y un corcho?

Y todos se quedaron admirados al escuchar esto; y dijo el rey:

-¿Pues qué sino eso fue lo que parió la reina?

Y volvió a hablar el pájaro:

-A los tres muchachos que tienes delante.

La muchacha, que oyó esto, le dijo al pájaro:

-¿Es que la guardesa no era nuestra madre?

Y el pájaro contestó:

- Vuestra madre verdadera es la mujer que está en una jaula, que es la reina; y las hermanas de la reina, por envidia de verla mejor casada que ellas, os cambiaron a cada uno por una cría de perro, una de gato y un pedazo de corcho y a vosotros os arrojaron al río en un cestillo.

Entonces el rey se levantó, y con él sus consejeros, llenos de asombro por lo que acababan de saber, y el rey abrazó a los hermanos con gran alegría de saber que sus tres hijos vivían y mandó a sus consejeros a palacio inmediatamente para que descolgaran a la reina y le anunciaran que volvía con sus hijos, por lo que esperaba su perdón. Y por las mismas, encargó que prendieran a las hermanas y las encerraran en la misma jaula donde la reina había estado. Y dicho esto, abrazó de nuevo a sus hijos con lágrimas en los ojos y volvieron todos a palacio, donde fueron felices como la vieja les había predicho.

sábado, 9 de enero de 2016

LA BRUJA QUISO VOLAR



Hubo una vez una bruja que quería volar pero ni siquiera tenía escoba. Visitó al gran brujo para preguntarle qué debía hacer para conseguir alcanzar su sueño…
-Debes ir en busca de alguien joven, soñador, valiente, vivaz, con ganas de compartir y disfrutar junto a los demás. Por cada duda que albergue conseguirás, aquella noche, robarle un hilacho de su fuerza y así, poco a poco, podrás ir reuniendo hebras para tu escoba.
La bruja así lo hizo pero al poco regresó decepcionada.
-Hice lo que me dijiste…pero la escoba casi no alcanza a despegar del suelo-le dijo enojada al gran brujo.
-La persona que escogiste era demasiado joven…mejor busca entre los adolescentes…alguno habrá con miles de dudas…con el corazón debatiéndose por un nuevo amor o con el corazón partido, aturdido ante decisiones difíciles de su paso de niño a adulto o decisiones obligadas y demasiado apresuradas que necesitarían más calma y tiempo porque deciden su futuro, alguien con demasiadas ilusiones no compartidas, con un espejo que le muestre una imagen diferente a la que quiere o demasiado adulto entre tanto niño de su misma edad aún por crecer…con demasiados buenos amigos que no le entienden o ni siquiera le escuchan…Y aunque no lo creas, de esos, de esos encontrarás muchos…
La bruja marchó caminando, dudosa de la posibilidad de lograr con éxito tan difícil tarea. Vagó por las calles de día, entre los jóvenes, disfrazada de pobre vieja… pero el sol lucía demasiado hermoso y todos los adolescentes, aún estando llenos de dudas, mostraban su cara más juvenil y alegre.
Pasaron los días hasta que recordó que el brujo le habló de la noche… y así descubrió que era justo de noche, en medio de la oscuridad cuando la falta de luz les volvía ciegos. Allí dentro de sus casas, encerrados en sus habitaciones, sucumbían a sus temores y cuando les llegaba el sueño…las dudas se sucedían unas tras otras…y amontonadas se convertían en una montaña imposible de escalar.
Ese era el momento, cuando la fortaleza de la luz del sol dejaba de alentar la fuerza interior, cuando la fe en sí mismos les abandonaba dejándoles a la merced de la oscuridad de la noche…ese era el momento en el que ella debía actuar…
La bruja se apresuró a arrebatar a uno y a otro pequeños hilachos de juventud, de fuerza interior abandonada en medio de la oscuridad…aprovechando la vulnerabilidad de la duda, la flaqueza de la fuerza interior, la falta de fe… Hilachos tras hilacho cada noche la escoba iba cobrando forma, pero aún así, con la primera luz del sol de la siguiente mañana, la escoba se deshilachaba…
La bruja se preguntaba por qué. Una noche, decidió no arrebatar ningún hilacho…y en lugar de eso se sentó al lado del joven que parecía más aturdido para así entender qué era lo que lograba romper el hechizo. Pero el joven no hablaba, estaba callado, sólo escuchaba…escuchaba las palabras de un hombre.
Y a pesar de todo su aturdimiento, a la mañana siguiente, el joven, mirándose frente al espejo sonreía con la fuerza interior del que se mira en el espejo recién levantado y a quien el descanso del sueño le ayuda a recordar la necesidad de creer en si mismo, a pesar de los pesares, sabiendo cuál es el camino para hacer lo que está bien…recordando la necesidad de creer en sí mismo, de mantener la fe, de levantar la cabeza y mostrarle al mundo que aún tiene orgullo.
Salir a la calle e ir a por lo que quiere, sin permitir que se crucen en su camino, sabiendo que logrará ser un campeón sólo si logra mantener la fe, porque no sólo hay que decirlo si no que hay que creer en ello, darse una nueva oportunidad y esperar un poco, porque sólo es cuestión de tiempo para ver como la confianza llega y vence.
Cuando el joven marchó, la bruja se quedó allí, estupefacta, quieta, delante del espejo, con cara sorprendida ante la inmensa sabiduría de aquellos pensamientos. Y recordó entonces todas las palabras de aquella noche…Se miró, se miró en el espejo y miró lo que estaba haciendo en esos momentos.
Encontró un pequeño momento para analizarse a si misma, para ver el modo en que vivía cada día, para poner su vida en orden…para reencontrarse consigo misma…
Y gritó, gritó con todas sus fuerzas….para que la fe se metiera en su interior, tal como aquel hombre por la noche le había dicho cantando al joven, para que la fe y el amor se metieran en su interior a través del corazón…porque no necesitaba robar hilachos de fuerza interior a ningún joven para conseguir su sueño, ella misma podía flotar en el cielo, en lo más alto, cualquier camino que tomara le permitiría hacerlo, con sólo intentarlo…pero debía creer, creer y tener fe…
La bruja cogió unas tijeras y cortó parte de su larga melena para que sus propios cabellos hicieran de hebras de lo que había de ser su escoba. Desde entonces, por las noches, algunos dicen ver a una bruja volar, subida a una escoba medio deshilachada, como su propia melena, cruzando por delante de la luna…
Es ella, es la bruja que se acerca a la luna y a la estrella que más brilla en el cielo, para pedirles, por favor, que no dejen de iluminar el camino en medio de la oscuridad de la noche, porque los jóvenes necesitan que su luz continúe alentando su fuerza interior, alimentando su fe, para que éstas no se desvanezcan fundidas en el negro de la noche y así logren mantener su confianza hasta que lleguen otra vez los primeros rayos de luz que les trae el alba.

viernes, 8 de enero de 2016

EL GATO SOÑADOR



Era un gato que soñaba un mundo de ilusión, con hadas, elfos y duendes con formas de ratón.

¡Qué suerte! ¡Qué ilusión! menudo banquete me daré yo.

Un hadita que su sueño vio, un escarmiento a su glotonería le preparó, y una nueva escena en el sueño dibujó.

En una ciudad llena de perros lo situó.

El pobre gato casi del susto se murió, pero no, despertó. 

Con las patas temblando, a su comedero se acercó.

Con mi pienso y mi agua me conformo yo y prometo que, nunca jamás soñaré pues por muy cansado que esté,  no me acostaré.

El hada risueña, satisfecha se quedó.

Ahora, tranquila, a su mundo volvió, junto a todos los seres que la Madre Naturaleza creó.

Hadas, elfos, duendes, unicornios, caballos alados, gatos, ratones, perros, pájaros, flores, árboles y todo lo que queramos imaginar, pues el mundo de los sueños con lápiz y papel, podemos hacer realidad, en alegres poesías y cuentos se convertirán que a todos harán disfrutar.

jueves, 7 de enero de 2016

MI ABUELA ESTÁ LOCA



Mi abuela está loca. Tiene el pelo largo, teñido de rosa chicle, siempre está inventando canciones y bailando, le da lo mismo que sea una canción de los "Rolling", de "El Fari" o lo último de los "cuarenta". Le encantan los ordenadores, que maneja a la perfección. Su buzón de Internet está permanentemente plagado de mensajes de personas de todos los países y de todas las edades, amigos que ha ido encontrando en sus múltiples incursiones por el mundo cibernético.

Ella siempre dice que el progreso nos llevará a los jóvenes por el camino de la paz. En este mundo, que nos pintan gris, que nos filman destruido, ella dice que nosotros, los niños del 2000, tenemos en nuestras manos el planeta y no debemos permitir que los adultos nos lo dejen hecho una marranada.

Mi abuela piensa también que los animales son más racionales que los hombres y por ello quiere que miremos al mundo animal y lo imitemos en sus comportamientos, que nos metamos en el mar y nademos como los delfines, que seamos tan leales como los perros, tan independientes como los gatos, que cantemos como los pájaros, que defendamos a nuestros hijos como los leones, que descansemos como los osos cuando estemos cansados y corramos como los conejos cuando tengamos ganas de sentirnos libres, que trabajemos como las hormigas en grupo, que saltemos como los canguros para intentar coger las estrellas, que nos subamos a los árboles y nos colguemos boca abajo como el oso perezoso para así, ver las cosas desde otra perspectiva. Que nos adaptemos a nuestro hábitat y, como además somos inteligentes, que intentemos cambiarlo para poder vivir mejor.

Para ello nos propone reír siempre que estemos contentos para hacer felices a los que nos rodean y llorar a moco tendido cuando tengamos un mal momento, sin ningún complejo, porque las lágrimas te limpian el alma y un alma limpia es el mejor remedio contra la tristeza y el mejor aliado de la paz.

Mi abuela está chiflada se viste con zapatos de suplemento, sus colores preferidos los saca del arco iris y se los pone para alegrar la ciudad, siempre tan sucia y siempre tan oscura. No usa bolsos, prefiere las mochilas que le permiten moverse con libertad mientras pasea por las calles bailando como la niña que aún sigue siendo, mientras tararea alguna cancioncilla de su propia cosecha.

Mi querida abuela me anima para que estudie y para que aprenda todo lo que puedan enseñarme, dice que la sabiduría no se puede imponer, que tiene que adquirirse con el paso de los años, que son los ancianos los que están más cerca de la muerte de los que tenemos que aprender a vivir, porque ellos han conseguido llegar a la vejez y hoy en día llegar a viejo ha dejado de ser el propósito de los mas jóvenes que creemos que es mejor morir antes de tener arrugas, sin darnos cuenta que eso es un síntoma de cobardía y no de rebeldía...

Ojalá algún día pudiera ser como mi abuela.

martes, 5 de enero de 2016

EL PÁJARO AZUL



Érase tiempo atrás un Rey que enviudó, y al que la tristeza le invadió. Cenizo y agrió se tornó el Rey hasta que, pasada una temporada, conoció a una mujer de la que se enamoró.

El monarca, totalmente embriagado de amor, comenzaba a superar la tragedia por la pérdida de su esposa, mientras una nueva Reina se alzaba ante el pueblo.

Rey y Reina tenían, por separado, una hija cada uno.

Florine, hija del Rey, era preciosa y de noble corazón; todo lo opuesto a Truitonne, descendiente de la nueva reina, maleducada, egoísta y poco agraciada.

Su carácter suspicaz, contagiado a la Reina, pronto provocó celos hacia Florine y su belleza.

Y se arreciaban tiempos más complejos, pues el Rey sentía que sus hijas, natural y adoptiva, debían ser casadas. Se concertó la visita del Príncipe Encantador, y la recelosa Reina unió fuerzas con su hija para que éste se fijara en ella y solo en ella. Tamaña treta requirió de sobornos a las damas de honor, quienes le robaron a Florine sus joyas y vestidos y se los dieron a Truitonne.

De nada sirvió, puesto que la belleza ni mucho menos es apariencia, y el príncipe se enamoró de Florine. Rabiosas, la Reina y Truittone presionaron tanto al Rey, que éste ninguneó a Florine el resto de la visita.

Pero, pese a todo, el Príncipe Azul seguía encandilado de Florine. Tanto era así, que rechazó los regalos que la Reina le envió, uno tras otro. Ella, montada en cólera, le advirtió que Florine estaba encerrada en una torre, de la cual no saldría hasta que él no partiese. La indignación del Príncipe fue en aumento, y solicitó de nuevo hablar con Florine.

La situación, aparentemente inofensiva, dio pie a una nueva artimaña de la Reina, quien estableció un lugar de encuentro tan tan oscuro, que Truitonne hizo de impostora. El Príncipe, confuso y habiendo caído por completo en la trampa, le pide por error la mano a Truitonne.

Nada detiene ya a Truitonne una vez el Príncipe ha hecho una promesa, y conspira con su hada madrina para engañarlo y casarse con él.

Así pues, en la ceremonia de boda, Truitonne trae el anillo y expone el caso a todo el mundo. El Príncipe, burlado por Truitonne, se niega a contraer matrimonio con ella.

Nada en el fondo puede hacer ésta para persuadirlo, pero su hada madrina, Mazilla, lo amenaza con una maldición si rechaza el casamiento. El Príncipe, terco, es transformado en un pájaro azul por osar contrariar al hada rompiendo su falsa promesa.

Enterada la Reina de las vicisitudes acontecidas, señaló como culpable a Florine. Con esta excusa tan perfecta, Truittone pudo vestirse de novia, y enseñó el vestido a Florine al tiempo que le hacía saber que el Príncipe Azul había accedido a casarse con ella.

La argucia se completó engañando al Rey, haciéndole creer que su Florine estaba obsesionada con el Príncipe, y que mejor debía permanecer en la torre mientras tanto.

El encierro de Florine, por tanto, quedó injustamente prolongado. Pero Florine no estaba sola… pues un tierno pájaro azul la visitó una noche y le contó todo lo que había sucedido a sus espaldas. Desde aquel encuentro nocturno, el pájaro azul acudió muy a menudo, y en cada una de sus visitas llevó a Florine obsequios y joyas.

La maldad de la reina, por otro lado, no se detuvo, y  ésta no cesó en su empeño de buscar un pretendiente a la altura de su Truitonne. Rechazada una vez tras otra Truitonne, la Reina hubo de recurrir a Florine y, al subir a la torre, sorprendió a ésta cantando con el pájaro azul.

Nada habría sucedido de no ser porque la Reina descubrió las joyas, y supo que Florine había sido ayudada por alguien…

Sin más demora, se vertieron acusaciones de traición sobre Florine, conspiración que el pájaro azul se encargó de frustrar.

La persecución sobre el pájaro se hizo pronto conocida, tiempos en los que Florine no se atrevió a llamarlo. La Reina había dispuesto espías para ello, y Florine sólo recurrió al pájaro azul cuando supo que los secuaces dormían. Pero, tan de segura que estaba, el espía escuchó sus conversaciones una noche, y a la Reina lo hizo saber.

Ésta, furiosa, y sabedora que los pájaros se posaban en el abeto, mandó colocar metales punzantes y vidrios en sus ramas. El pájaro azul, tras caer en la trampa, fue fatalmente herido e incapacitado para volar, sin poder acudir hasta su amada, la cual no dejaba de llamarlo.

Pero Florine cayó en un malentendido, y pensaba que el pájaro azul la había abandonado. Un mago, por suerte, sí oyó al Príncipe atrapado sin poder volar en el abeto, y lo rescató.

El mago, especialista en encantos, consigue persuadir a Mazilla para devolver por un tiempo al Príncipe su forma original. En dicho periodo el Príncipe debía aceptar como esposa a Truitonne o, de lo contrario, volvería  a ser transformado en un pájaro.

En este trance estaba la historia cuando el Rey falleció. Los habitantes del reino, que querían mucho a su monarca, enseguida demandaron la liberación de su hija y heredera, Florine. La Reina, terca como ella sola, opone resistencia al pueblo, el cual, sin miramientos, acaba matándola.

Truitonne, a tiempo, consigue huir en pos de su hada madrina Mazilla, no pudiendo evitar la coronación de la nueva reina: Florine. Ésta pronto comenzó a buscar a su Príncipe Encantador, ahora Rey.

En una odisea sin parangón, Florine se viste con atuendos de campesina y emprende un viaje para encontrar al que sería su Rey. Así andaba cuando se tropezó con una anciana, que resultó ser otra hada madrina.

Esta informa a Florine de que el Príncipe ha vuelto a su forma humana y ha prometido casarse con Truitonne. Al tiempo, el hada también le concede cuatro huevos mágicos. El primero lo utilizaría para trepar una alta montaña de marfil. El segundo contiene un carro tirado por palomas, el cual transporta a la querida Florine hasta el castillo del Príncipe Encantador, ahora Rey. No obstante, Florine no puede personarse ante el hombre al que ama y Rey del castillo como una vulgar campesina.

Para encontrar los mejores vestidos del reino, Florine trama vender a su malvada hermanastra Truitonne las joyas que el Príncipe en forma de Pájaro Azul le había regalado. Truitonne, desconcertada, envía las joyas al Rey Encantador para que las tase.

El Rey reconoce de inmediato las joyas como aquellas que regaló a su amada, y entristece al momento porque considera que ella no ha valorado dichos obsequios y no ha entendido su significado… Truitonne devuelve las joyas a Florine, y ésta accede a venderlas durante una noche en la Cámara de los Ecos, lugar que una vez el Príncipe le había dicho que era como estar en su propia estancia. De esta manera, todo lo que se hiciese y dijese en la Cámara de los Ecos, sería escuchado en los aposentos del nuevo Rey.

Durante toda la noche, Florine se lamentó, lloró y reprochó al Rey que la hubiese abandonado y, por desgracia, nada de esto llegó a los oídos del amado, pues había tomado una poción para dormir. Algo que, por supuesto, Florine desconocía.

Habiendo resultado en vano los dos primeros huevos, Florine rompió el tercero, también mágico, y en él encontró un pequeño vagón tirado por ratones. De nuevo, comercia con él a cambio de una noche en la Cámara de los Ecos, momento en que aprovecha de nuevo para sollozar y hacer manifiesto su lamento. También de nuevo, resultó en vano, y sólo los pajes la escucharon.

Al día siguiente, Florine emplea su último recurso: romper el cuarto huevo mágico del hada madrina. En él, un hermoso y suculento pastel aparece junto a seis pajarillos cantarines. Florine ofrece una porción a un paje, quien le confiesa que el Rey toma pociones para poder conciliar el sueño. Sobornando al paje con los pájaros que cantan, éste accede a no administrar la poción al Rey. Estando éste despierto por una noche, pudo escuchar el quejido lastimero de Florine en la Cámara de los Ecos, y allí que acudió reconociendo la voz de su querida.

Felizmente reunidos, Florine y el Rey Encantador se abrazaron, como si ya no quisiesen despegarse nunca.

El mago encantador y el hada de los huevos mágicos, conmovidos con la dulce escena y reconociendo en ella al amor verdadero, juraron hacer todo lo posible por preservar dicha unión.

Para ello, cuando la malvada hada Mazilla quiso interferir a favor de Truitonne, éstos convirtieron a la malévola hermanastra en un cerdo. Y, como no, el Rey y la Reina Florine se casaron y reinaron con dicha, para ellos y para su pueblo, por el resto de los tiempos.