lunes, 22 de febrero de 2016

BASILISA



En un reino vivía una vez un comerciante con su mujer y su única hija, llamada Basilisa. Al cumplir la niña los ocho años se puso enferma su madre, y presintiendo su próxima muerte llamó a Basilisa, le dio una muñeca y le dijo:

-Escúchame, hijita mía, y acuérdate bien de mis últimas palabras. Yo me muero y con mi bendición te dejo esta muñeca; guárdala siempre con cuidado, sin mostrarla a nadie, y cuando te suceda alguna desdicha, pídele consejo.

Después de haber dicho estas palabras, la madre besó a su hija, suspiró y se murió.

El comerciante, al quedarse viudo, se entristeció mucho; pero pasó tiempo, se fue consolando y decidió volver a casarse. Era un hombre bueno y muchas mujeres lo deseaban por marido; pero entre todas eligió una viuda que tenía dos hijas de la edad de Basilisa y que en toda la comarca tenía fama de ser buena madre y ama de casa ejemplar.
El comerciante se casó con ella, pero pronto comprendió que se había equivocado, pues no encontró la buena madre que para su hija deseaba. Basilisa era la joven más hermosa de la aldea; la madrastra y sus hijas, envidiosas de su belleza, la mortificaban continuamente y le imponían toda clase de trabajos para ajar su hermosura a fuerza de cansancio y para que el aire y el sol quemaran su cutis delicado. Basilisa soportaba todo con resignación y cada día crecía su hermosura, mientras que las hijas de la madrastra, a pesar de estar siempre ociosas, se afeaban por la envidia que tenían a su hermana. La causa de esto no era ni más ni menos que la buena Muñeca, sin la ayuda de la cual Basilisa nunca hubiera podido cumplir con todas sus obligaciones. La Muñeca la consolaba en sus desdichas, dándole buenos consejos y trabajando con ella.

Así pasaron algunos años y las muchachas llegaron a la edad de casarse. Todos los jóvenes de la ciudad solicitaban casarse con Basilisa, sin hacer caso alguno de las hijas de la madrastra. Ésta, cada vez más enfadada, contestaba a todos:

-No casaré a la menor antes de que se casen las mayores.

Y después de haber despedido a los pretendientes, se vengaba de la pobre Basilisa con golpes e injurias.

Un día el comerciante tuvo necesidad de hacer un viaje y se marchó. Entretanto, la madrastra se mudó a una casa que se hallaba cerca de un espeso bosque en el que, según decía la gente, aunque nadie lo había visto, vivía la terrible bruja Baba-Yaga; nadie osaba acercarse a aquellos lugares, porque Baba-Yaga se comía a los hombres como si fueran pollos.

Después de instaladas en el nuevo alojamiento, la madrastra, con diferentes pretextos, enviaba a Basilisa al bosque con frecuencia; pero a pesar de todas sus astucias la joven volvía siempre a casa, guiada por la Muñeca, que no permitía que Basilisa se acercase a la cabaña de la temible bruja.

Llegó el otoño, y un día la madrastra dio a cada una de las tres muchachas una labor: a una le ordenó que hiciese encaje; a otra, que hiciese medias, y a Basilisa le mandó hilar, obligándolas a presentarle cada día una cierta cantidad de trabajo hecho. Apagó todas las luces de la casa, excepto una vela que dejó encendida en la habitación donde trabajaban sus hijas, y se acostó. Poco a poco, mientras las muchachas estaban trabajando, se formó en la vela un pabilo, y una de las hijas de la madrastra, con el pretexto de cortarlo, apagó la luz con las tijeras.

-¿Qué haremos ahora? -dijeron las jóvenes-. No había más luz que ésta en toda la casa y nuestras labores no están aún terminadas. ¡Habrá que ir en busca de luz a la cabaña de Baba-Yaga!

-Yo tengo luz de mis alfileres -dijo la que hacía el encaje-. No iré yo.

-Tampoco iré yo -añadió la que hacía las medias-. Tengo luz de mis agujas.

-¡Tienes que ir tú en busca de luz! -exclamaron ambas-. ¡Anda! ¡Ve a casa de Baba-Yaga!
Y al decir esto echaron a Basilisa de la habitación. Basilisa se dirigió sin luz a su cuarto, puso la cena delante de la Muñeca y le dijo:

-Come, Muñeca mía, y escucha mi desdicha. Me mandan a buscar luz a la cabaña de Baba-Yaga y ésta me comerá. ¡Pobre de mí!

-No tengas miedo -le contestó la Muñeca-; ve donde te manden, pero no te olvides de llevarme contigo; ya sabes que no te abandonaré en ninguna ocasión.

Basilisa se metió la Muñeca en el bolsillo, se persignó y se fue al bosque. La pobrecita iba temblando, cuando de repente pasó rápidamente por delante de ella un jinete blanco como la nieve, vestido de blanco, montado en un caballo blanco y con un arnés blanco; en seguida empezó a amanecer. Siguió su camino y vio pasar otro jinete rojo, vestido de rojo y montado en un corcel rojo, y en seguida empezó a levantarse el sol. Durante todo el día y toda la noche anduvo Basilisa, y sólo al atardecer del día siguiente llegó al claro donde se hallaba la cabaña de Baba-Yaga; la cerca que la rodeaba estaba hecha de huesos humanos rematados por calaveras; las puertas eran piernas humanas; los cerrojos, manos, y la cerradura, una boca con dientes. Basilisa se llenó de espanto. De pronto apareció un jinete todo negro, vestido de negro y montando un caballo negro, que al aproximarse a las puertas de la cabaña de Baba-Yaga desapareció como si se lo hubiese tragado la tierra; en seguida se hizo de noche. No duró mucho la oscuridad: de las cuencas de los ojos de todas las calaveras salió una luz que alumbró el claro del bosque como si fuese de día. Basilisa temblaba de miedo y no sabiendo dónde esconderse, permanecía quieta.

De pronto se oyó un tremendo alboroto: los árboles crujían, las hojas secas estallaban y la espantosa bruja Baba-Yaga apareció saliendo del bosque, sentada en su mortero, arreando con el mazo y barriendo sus huellas con la escoba. Se acercó a la puerta, se paró, y husmeando el aire, gritó:

-¡Huele a carne humana! ¿Quién está ahí?

Basilisa se acercó a la vieja, la saludó con mucho respeto y le dijo:

-Soy yo, abuelita; las hijas de mi madrastra me han mandado que venga a pedirte luz.

-Bueno -contestó la bruja-, las conozco bien; quédate en mi casa y si me sirves a mi gusto te daré la luz.

Luego, dirigiéndose a las puertas, exclamó:

-¡Ea!, mis fuertes cerrojos, ¡ábranse! ¡Ea!, mis anchas puertas, ¡déjenme pasar!

Las puertas se abrieron; Baba-Yaga entró silbando, acompañada de Basilisa, y las puertas se volvieron a cerrar solas. Una vez dentro de la cabaña, la bruja se echó en un banco y dijo:

-¡Quiero cenar! ¡Sirve toda la comida que está en el horno!

Basilisa encendió una tea acercándola a una calavera, y se puso a sacar la comida del horno y a servírsela a Baba-Yaga; la comida era tan abundante que habría podido satisfacer el hambre de diez hombres; después trajo de la bodega vinos, cerveza, aguardiente y otras bebidas. Todo se lo comió y se lo bebió la bruja, y a Basilisa le dejó tan sólo un poquitín de sopa de coles y una cortecita de pan.

Se preparó para acostarse y dijo a la nueva doncella:

-Mañana tempranito, después que me marche, tienes que barrer el patio, limpiar la cabaña, preparar la comida y lavar la ropa; luego tomarás del granero un celemín de trigo y lo expurgarás del maíz que tiene mezclado. Procura hacerlo todo, porque si no te comeré a ti.
Después de esto, Baba-Yaga se puso a roncar, mientras que Basilisa, poniendo ante la Muñeca las sobras de la comida y vertiendo amargas lágrimas, dijo:

-Toma, Muñeca mía, come y escúchame. ¡Qué desgraciada soy! La bruja me ha encargado que haga un trabajo para el que harían falta cuatro personas y me amenazó con comerme si no lo hago todo.

La Muñeca contestó:

-No temas nada, Basilisa; come, y después de rezar, acuéstate; mañana arreglaremos todo.

Al día siguiente se despertó Basilisa muy tempranito, miró por la ventana y vio que se apagaban ya los ojos de las calaveras. Vio pasar y desaparecer al jinete blanco, y en seguida amaneció. Baba-Yaga salió al patio, silbó, y ante ella apareció el mortero con el mazo y la escoba. Pasó a todo galope el jinete rojo, e inmediatamente salió el sol. La bruja se sentó en el mortero y salió del patio arreando con el mazo y barriendo con la escoba.

Basilisa se quedó sola, recorrió la cabaña, se admiró al ver las riquezas que allí había y se quedó indecisa sin saber por cuál trabajo empezar. Miró a su alrededor y vio que de pronto todo el trabajo aparecía hecho; la Muñeca estaba separando los últimos granos de trigo de los de maíz.

-¡Oh mi salvadora! -exclamó Basilisa-. Me has librado de ser comida por Baba-Yaga.

-No te queda más que preparar la comida -le contestó la Muñeca al mismo tiempo que se metía en el bolsillo de Basilisa-. Prepárala y descansa luego de tu labor.

Al anochecer, Basilisa puso la mesa, esperando la llegada de Baba-Yaga. Ya anochecía cuando pasó rápidamente el jinete negro, e inmediatamente obscureció por completo; sólo lucieron los ojos de las calaveras. Luego crujieron los árboles, estallaron las hojas y apareció Baba-Yaga, que fue recibida por Basilisa.

-¿Está todo hecho? -preguntó la bruja.

-Examínalo todo tú misma, abuelita.

Baba-Yaga recorrió toda la casa y se puso de mal humor por no encontrar un solo motivo para regañar a Basilisa.

-Bien -dijo al fin, y se sentó a la mesa; luego exclamó-: ¡Mis fieles servidores, vengan a moler mi trigo!

En seguida se presentaron tres pares de manos, cogieron el trigo y desaparecieron. Baba-Yaga, después de comer hasta saciarse, se acostó y ordenó a Basilisa:

-Mañana harás lo mismo que hoy, y además tomarás del granero un montón de semillas de adormidera y las escogerás una a una para separar los granos de tierra.

Y dada esta orden se volvió del otro lado y se puso a roncar, mientras Basilisa pedía consejo a la Muñeca. Ésta repitió la misma contestación de la víspera:

-Acuéstate tranquila después de haber rezado. Por la mañana se es más sabio que por la noche; ya veremos cómo lo hacemos todo.

Por la mañana la bruja se marchó otra vez, y la muchacha, ayudada por su Muñeca, cumplió todas sus obligaciones. Al anochecer volvió Baba-Yaga a casa, visitó todo y exclamó:

-¡Mis fieles servidores, mis queridos amigos, vengan a prensar mi simiente de adormidera!
Se presentaron los tres pares de manos, cogieron las semillas de adormidera y se las llevaron. La bruja se sentó a la mesa y se puso a cenar.

-¿Por qué no me cuentas algo? -preguntó a Basilisa, que estaba silenciosa-. ¿Eres muda?
-Si me lo permites, te preguntaré una cosa.

-Pregunta; pero ten en cuenta que no todas las preguntas redundan en bien del que las hace. Cuanto más sabio se es, se es más viejo.

-Quiero preguntarte, abuelita, lo que he visto mientras caminaba por el bosque. Me adelantó un jinete todo blanco, vestido de blanco y montado sobre un caballo blanco. ¿Quién era?

-Es mi Día Claro -contestó la bruja.

-Más allá me alcanzó otro jinete todo rojo, vestido de rojo y montando un corcel rojo. ¿Quién era ése?

-Es mi Sol Radiante.

-¿Y el jinete negro que me encontré ya junto a tu puerta?

-Es mi Noche Oscura.

Basilisa se acordó de los tres pares de manos, pero no quiso preguntar más y se calló.
-¿Por qué no preguntas más? -dijo Baba-Yaga.

-Esto me basta; me has recordado tú misma, abuelita, que cuanto más sepa seré más vieja.

-Bien -repuso la bruja-; bien haces en preguntar sólo lo que has visto fuera de la cabaña y no en la cabaña misma, pues no me gusta que los demás se enteren de mis asuntos. Y ahora te preguntaré yo también. ¿Cómo consigues cumplir con todas las obligaciones que te impongo?

-La bendición de mi madre me ayuda -contestó la joven.

-¡Oh lo que has dicho! ¡Vete en seguida, hija bendita! ¡No necesito almas benditas en mi casa! ¡Fuera!

Y expulsó a Basilisa de la cabaña, la empujó también fuera del patio; luego, tomando de la cerca una calavera con los ojos encendidos, la clavó en la punta de un palo, se la dio a Basilisa y le dijo:

-He aquí la luz para las hijas de tu madrastra; tómala y llévatela a casa.

La muchacha echó a correr alumbrando su camino con la calavera, que se apagó ella sola al amanecer; al fin, a la caída de la tarde del día siguiente llegó a su casa. Se acercó a la puerta y tuvo intención de tirar la calavera pensando que ya no necesitarían luz en casa; pero oyó una voz sorda que salía de aquella boca sin dientes, que decía: «No me tires, llévame contigo.» Miró entonces la casa de su madrastra, y no viendo brillar luz en ninguna ventana, decidió llevar la calavera consigo.

La acogieron con cariño y le contaron que desde el momento en que se había marchado no tenían luz, no habían podido encender el fuego y las luces que traían de las casas de los vecinos se apagaban apenas entraban en casa.

-Acaso la luz que has traído no se apague -dijo la madrastra.

Trajeron la calavera a la habitación y sus ojos se clavaron en la madrastra y sus dos hijas, quemándolas sin piedad. Intentaban esconderse, pero los ojos ardientes las perseguían por todas partes; al amanecer estaban ya las tres completamente abrasadas; sólo Basilisa permaneció intacta.

Por la mañana la joven enterró la calavera en el bosque, cerró la casa con llave, se dirigió a la ciudad, pidió alojamiento en casa de una pobre anciana y se instaló allí esperando que volviese su padre. Un día dijo Basilisa a la anciana:

-Me aburro sin trabajo, abuelita. Cómprame del mejor lino e hilaré, para matar el tiempo.

La anciana compró el lino y la muchacha se puso a hilar. El trabajo avanzaba con rapidez y el hilo salía igualito y finito como un cabello. Pronto tuvo un gran montón, suficiente para ponerse a tejer; pero era imposible encontrar un peine tan fino que sirviese para tejer el hilo de Basilisa y nadie se comprometía a hacerlo. La muchacha pidió ayuda a su Muñeca, y ésta en una sola noche le preparó un buen telar.

A fines del invierno el lienzo estaba ya tejido y era tan fino que se hubiera podido enhebrar en una aguja. En la primavera lo blanquearon, y entonces dijo Basilisa a la anciana:

-Vende el lienzo, abuelita, y guárdate el dinero.

La anciana miró la tela y exclamó:

-No, hijita; ese lienzo, salvo el zar, no puede llevarlo nadie. Lo enseñaré en palacio.

Se dirigió a la residencia del zar y se puso a pasear por delante de las ventanas de palacio.
El zar la vio y le preguntó:

-¿Qué quieres, viejecita?

-Majestad -contestó ésta-, he traído conmigo una mercancía preciosa que no quiero mostrar a nadie más que a ti.

El zar ordenó que la hiciesen entrar, y al ver el lienzo se quedó admirado.

-¿Qué quieres por él? -preguntó.

-No tiene precio, padre y señor; te lo he traído como regalo.

El zar le dio las gracias y la colmó de regalos. Empezaron a cortar el lienzo para hacerle al zar unas camisas; cortaron la tela, pero no pudieron encontrar lencera que se encargase de coserlas. La buscaron largo tiempo, y al fin el zar llamó a la anciana y le dijo:

-Ya que has sabido hilar y tejer un lienzo tan fino, por fuerza tienes que saber coserme las camisas.

-No soy yo, majestad, quien ha hilado y tejido esta tela; es labor de una hermosa joven que vive conmigo.

-Bien; pues que me cosa ella las camisas.

Volvió la anciana a su casa y contó a Basilisa lo sucedido y ésta repuso:

-Ya sabía yo que me llamarían para hacer este trabajo.

Se encerró en su habitación y se puso a trabajar. Cosió sin descanso y pronto tuvo hecha una docena de camisas. La anciana las llevó a palacio, y mientras tanto Basilisa se lavó, se peinó, se vistió y se sentó a la ventana esperando lo que sucediera.

Al poco rato vio entrar en la casa a un lacayo del zar, que dirigiéndose a la joven dijo:

-Su Majestad el zar quiere ver a la hábil lencera que le ha cosido las camisas, para recompensarla según merece.

Basilisa la Hermosa se encaminó a palacio y se presentó al zar. Apenas éste la vio se enamoró perdidamente de ella.

-Hermosa joven -le dijo-, no me separaré de ti, porque serás mi esposa.

Entonces tomó a Basilisa la Hermosa de la mano, la sentó a su lado y aquel mismo día celebraron la boda.

Cuando volvió el padre de Basilisa tuvo una gran alegría al conocer la suerte de su hija y se fue a vivir con ella. En cuanto a la anciana, la joven zarina la acogió también en su palacio y a la Muñeca la guardó consigo hasta los últimos días de su vida, que fue toda ella muy feliz. 

sábado, 20 de febrero de 2016

LA MARIPOSA



Cuando la noche termina, los ángeles revolotean sobre el mar y las montañas, y por esto vemos una línea de oro y rosa detrás de los montes y encima de las aguas. Entonces es cuando las flores, que han pasado la noche dormidas, despiertan lanzando sus primeros suspiros; y como los suspiros de las flores son perfumes, embalsaman el ambiente.

Un día, al amanecer, despertó la magnolia, y al lanzar su primer suspiro oyó una vocecita, pero muy tenue, muy tenue que decía:

-¡Cuán dulce es tu aliento!

-¿Quién eres? preguntó la magnolia.

-Una mariposa.

-Las mariposas son nuestras hermanas; son las flores aladas. ¿Cómo estás aquí?

-Acabo de nacer. Al sentirme con alas he querido volar, pero me he cansado y en ti he buscado refugio.

-Los primeros instantes de la mañana son fríos. Yo te abrigaré, y cuando haya salido el sol podrás continuar tu vuelo.

La magnolia juntó sus pétalos.

-¡Qué bien se está aquí! dijo la mariposa. Parece que a tu calor mi cuerpo se transforma y adquieren fuerza mis alas.

Cuando los rayos del sol hubieron inundado la tierra, la magnolia abrió los pétalos.

-¿Puedo salir? preguntó la mariposa.

-Sí. Vuela si quieres.

-No me atrevo.

-Veo que posees una gran cualidad.

-¿Cuál es?

-La prudencia.

-¿En qué consiste la prudencia?

-En una virtud que nos enseña a discernir lo bueno de lo malo, para seguir lo primero y huir 
de lo segundo.

-¿Hay cosas malas?

-Sí, y el que no tiene prudencia para evitarlas suele convertirse en su víctima.

-Yo huiré de las cosas malas.

-Todas dicen lo mismo, pero no todas cumplen su propósito.

-No lo comprendo, porque lo malo debe rechazarse.

-Ten presente que el mal reúne a veces grandes atractivos y que sus galas y el placer que creemos ha de proporcionarnos, atraen y acaban por fascinar.

-¿Cómo se huye de su fascinación?

-No queriendo ser fascinada y teniendo fuerza de voluntad bastante para no dejarse atraer.

-Yo la tendré.

-¡Dios lo quiera! No olvides tu propósito, porque vosotras las mariposas acostumbráis morir atraídas por la llama, en la que os quemáis.

-No me explico que mis hermanas gusten de revolotear alrededor de la llama, si en ella se abrasan:

-Es que la presunción nos hace suponer con fuerzas superiores a las que realmente tenemos, y nos empuja, después de habernos obcecado, a arrostrar peligros en los cuales perecemos.

-No seré presuntuosa.

-Muy bien discurres, mariposita; pero ten en cuenta que es necesario que el propósito vaya seguido del cumplimiento, pues de lo contrario de nada sirve. Noto que tus alas son blancas y quiero que tengan los colores que adornan las de las otras mariposas.

-¡Ay qué gusto!

-¡Hermanas! gritó la magnolia.

Todas las flores se irguieron sobre sus tallos.

-Tenemos una nueva hermana alada, pero sus alas no tienen color.

-Yo te daré el azul celeste, dijo una campanilla meciéndose dulcemente a impulsos de la brisa.

-Yo los matices amarillos y encarnados, contestó un Don Diego de día.

-Yo el blanco mate, exclamó la azucena.

-También yo proporcionaré matices blancos, añadió la magnolia.

-Yo los reflejos de oro, dijo el lirio.

-Yo, balbuceó la modesta violeta, os daré el color morado.

-Yo el rojo, gritó el clavel.

Todas las flores fueron ofreciendo sus matices, mientras la mariposa batía las alas y agitaba el cuerpo llena de alegría, exclamando:

-¡Qué gozo! ¡Cuán hermosa seré!

-¿Quién será el pintor? preguntó la magnolia.

-Las abejas, contestarán las flores.

Y las abejas, que revoloteaban deseosas de libar néctar, recibieron el encargo de pintar las alas de la mariposa y lo cumplieron con mucho esmero y como verdaderas artistas. Iban y venían de las demás flores a la magnolia, donde estaba la mariposa; y con mucho cuidado, por no dañarla con el aguijón, marcaban un punto en sus alas y luego se alejaban en busca de otro color. Los puntos se convirtieron en dibujos tan lindos como caprichosos; y cuando hubieron terminado su tarea, la magnolia dijo a la mariposa:

-Ya puedes volar.

Y voló. Se detuvo en las hojas de una rosa y se miró en una gota de rocío que para ella se convirtió en espejo, y al ver sus alas volviose loca de contento. Durante todo el día no hizo más que vagar de flor en flor, parándose en todas y prodigándolas sus caricias, a las que las flores correspondían afectuosamente. Sus correrías del primer día se repitieron el siguiente y en los sucesivos. La mariposita fue creciendo y se convirtió en mariposa. Sus alas tenían tanta fuerza que le permitían levantar el vuelo y corretear por los campos. Era feliz, era dichosa.

Cierta tarde se alejó mucho del jardín donde crecía la magnolia y la noche la sorprendió en el bosque. En medio del bosque había una casita en la que brillaba una luz. La mariposa metiose dentro por la entreabierta ventana. La luz la deslumbró y se dijo:

-¡Qué brillante es!

Se acercó a ella y sintió un suave calor que la hizo murmurar:

-¡Qué bien se está aquí!

Continuó girando alrededor de la llama, acercándose cada vez más a ella. De pronto recordó lo que la magnolia le había dicho:

-Vosotras, las mariposas, acostumbran morir atraídas por la llama, en la que os quemáis.
La mariposa pensó:

-Bien se conoce que la magnolia no tiene alas, pues yo revoloteo alrededor de la llama y no me quemo. ¡Cómo gozo a su calor!

Luego recordó que la flor le había dicho:

-La presunción nos hace suponer con fuerzas superiores a las que realmente tenemos y nos empuja, después de habernos obcecado, a arrostrar peligros en los cuales perecemos.
La mariposa añadió:

-Como la magnolia no podía moverse, así discurría. Yo tengo fuerza para alejarme de la llama y, por lo tanto, puedo acercarme a ella porque puedo huir cuando quiera. Esto no es presunción, sino conocimiento de lo que soy. Estoy muy cercana a la llama y no me quemo.
Y la mariposa fue girando como una loca alrededor de la llama, subiendo, bajando, huyendo, acercándose de nuevo, siempre segura de que la llama no la atraería; hasta que por último lanzó un quejido, la llama se avivó, cayó en el suelo la mariposa quemadas las alas y quemado el cuerpo, y se cuenta que al caer, antes de quedar muerta, murmuró:

-Tenía razón la magnolia. La presunción me ha perdido. He buscado el peligro y en él he perecido.

viernes, 19 de febrero de 2016

MI ABUELITA



Mi Abuelita es muy vieja, tiene muchas arrugas y el pelo completamente blanco, pero sus ojos son como dos estrellas, y muestran una expresión dulce y bondadosa cuando me miran que me hace mucho bien.

Lleva un vestido de flores grandes, de una seda tan tupida que cruje cuando anda. Y además ella puede contar las historias más maravillosas.

Mi Abuelita sabe muchas, muchísimas cosas, pues vivía ya mucho antes que papá y mamá, esto nadie lo duda.

Tiene un libro de cánticos con recias cantoneras de plata; lo lee con gran frecuencia.

En el libro, entre las hojas, hay una rosa, comprimida y seca; no es tan bonita como las rosas que están en el jarrón y, sin embargo, la mira con una sonrisa de arrobamiento, y le asoman lágrimas a los ojos. "Me pregunto por qué abuelita mira la rosa marchita en el viejo libro de esa manera ¿Lo sabes? Por qué, cuando las lágrimas de la abuelita caen sobre la flor, los colores cobran vida, la rosa revive y toda la sala se impregna de su aroma; las paredes desaparecen como en una bruma, y a su alrededor se levanta el bosque, espléndido y verde, con los rayos del sol filtrándose entre el espeso follaje; y abuelita, vuelve a ser joven de nuevo, una encantadora muchacha, fresca como una rosa, de rubias trenzas y redondas mejillas coloradas, elegante y graciosa; pero sus ojos, esos ojos dulces y bondadosos, son los mismos, son los de la abuelita.

Sentado junto a ella hay un hombre, joven, vigoroso, apuesto; él le da una rosa y ella sonríe.

Mi Abuelita ya no puede sonreír así.

Sí, está sonriendo al recordar aquel día, y muchos pensamientos y recuerdos del pasado; pero el apuesto joven se ha ido, la rosa se ha marchitado en el viejo libro, y abuelita está sentada ahí, vuelve a ser la anciana que contempla la rosa marchita guardada en el libro.

Ahora mi abuelita se ha muerto.

Había estado sentada en su sillón, estaba contando una larga y maravillosa historia; y cuando la terminó echó la cabeza hacia atrás para dormir un poco. Pudimos escucharla respirar suavemente; poco a poco su respiración se hizo más y mas lenta y tranquila, y en su rostro se reflejaban la felicidad y la paz; habríase dicho que la bañaba el sol.

Ella sonrió una vez más, y entonces dijeron que estaba muerta.

La pusieron en el negro ataúd, envuelta en lienzos blancos. ¡Estaba tan hermosa, a pesar de tener cerrados los ojos! Pero todas las arrugas habían desaparecido, su cabello era blanco y parecía de plata, y en su boca se dibujaba una dulce sonrisa.

No sentíamos ningún miedo al mirar su cadáver, había sido una abuelita tan querida y tan buena.

El libro de cánticos, en el que permanecía la rosa, fue colocado bajo su cabeza, pues ella lo había pedido así, y entonces enterraron a la abuelita.

En la sepultura, junto a la pared del cementerio, plantaron un rosal; pronto se llenó de rosas, y los ruiseñores se colocaban entre las flores, y cantaban sobre la tumba.

Desde el órgano de la iglesia sonaba la música y las letras de los maravillosos salmos que estaban escritos en el viejo libro colocado bajo la cabeza de la difunta.

La luna enviaba sus rayos a la tumba, pero la muerta no estaba allí; todos los niños podían ir sin temor, incluso en la noche, a coger una rosa de la tapia del cementerio. Los muertos saben mucho más de cuanto sabemos todos los vivos; saben el miedo, el miedo horrible que nos causaría si volviesen.

Pero son mejores que todos nosotros, y por eso no vuelven. Hay tierra sobre el féretro, y tierra dentro de él.

El libro de cánticos, con todas sus hojas, es polvo, y la rosa, con todos sus recuerdos, se ha convertido en polvo también.

Pero sobre la tumba siguen floreciendo nuevas rosas, siguen cantando los ruiseñores, y el órgano suena y sigue vivo el recuerdo de la vieja abuelita, con los dulces y queridos ojos eternamente jóvenes. Los ojos no mueren nunca.

Los nuestros verán a la querida abuelita, joven y hermosa como cuando, por vez primera, besó la fresca, rosa roja, que ahora es polvo en la tumba.

jueves, 18 de febrero de 2016

LA PULSERA EN EL TOBILLO



Se dice, entre lo que se dice, que en una ciudad había tres hermanas, hijas del mismo padre, pero no de la misma madre, que vivían juntas hilando lino para ganarse la vida. Y las tres eran como lunas; pero la más pequeña era la más hermosa y la más dulce y la más encantadora y la más diestra de manos, pues ella sola hilaba más que sus dos hermanas reunidas, y lo que hilaba estaba mejor y sin defecto por lo general. Lo cual daba envidia a sus dos hermanas, que no eran de la misma madre.

Un día fue ella al zoco, y con el dinero que había ahorrado de la venta de su lino se compró un búcaro pequeño de alabastro, que era de su gusto, a fin de tenerlo delante con una flor dentro cuando hilara el lino. Pero no bien regresó a casa con su búcaro en la mano, sus dos hermanas se burlaron de ella y de su compra, tildándola de derrochadora y de extravagante. Y muy conmovida y muy avergonzada, no supo ella qué decir, y para consolarse cogió una rosa y la puso en el búcaro. Y se sentó ante su búcaro y ante su rosa y se puso a hilar su lino.

Y he aquí que el búcaro de alabastro que había comprado la joven hilandera era un búcaro mágico. Y cuando su dueña quería comer, él le proporcionaba manjares deliciosos, y cuando ella quería vestirse, él la satisfacía. Pero la joven, temerosa de que le tuviesen más envidia todavía sus hermanas, que no eran de la misma madre, se guardó bien de revelarles las virtudes de su búcaro de alabastro. Y en presencia de ellas aparentaba que vivía como ellas y vestía como ellas, y aún más modestamente. Pero cuando salían sus hermanas se encerraba completamente sola en su cuarto, ponía delante de ella su búcaro de alabastro, lo acariciaba dulcemente, y le decía: "¡Oh bucarito mío! ¡Oh bucarito mío! ¡Hoy quiero tal y cuál cosa!" Y al punto el búcaro de alabastro le proporcionaba cuantas ropas hermosas y golosinas había pedido ella. Y a solas consigo misma, la joven se vestía con trajes de seda y oro, se adornaba con alhajas, se ponía sortijas en todos los dedos, pulseras en las muñecas y en los tobillos y comía golosinas deliciosas. Tras de lo cual el búcaro de alabastro hacía desaparecer todo. Y la joven lo cogía de nuevo, e iba a hilar su lino en presencia de sus hermanas, poniéndose delante el búcaro con su rosa. Y de tal suerte vivió cierto espacio de tiempo, pobre ante sus envidiosas hermanas y rica ante sí misma.

Un día, entre los días, el rey de la ciudad, con motivo de su cumpleaños, dio en su palacio grandes festejos, a los cuales fueron invitados todos los habitantes. Y las tres jóvenes también fueron invitadas. Y las dos hermanas mayores se ataviaron con lo mejor que tenían y dijeron a su hermana pequeña: "Tú te quedarás para guardar la casa". Pero, en cuanto se marcharon ellas, la joven fue a su cuarto, y dijo a su búcaro de alabastro: "¡Oh bucarito mío! esta noche quiero de ti un traje de seda verde, una veste de seda roja y un manto de seda blanca, todo de lo más rico y más bonito que tengas, y hermosas sortijas para mis dedos, y pulseras de turquesas para mis muñecas, y pulseras de diamantes para mis tobillos. Y dame también todo lo preciso para que yo sea la más bella en palacio esta tarde". Y tuvo cuanto había pedido. Y se atavió, y se presentó en el palacio del rey, y entró en el harén, donde había festejos aparte reservados para las mujeres. Y apareció como la luna en medio de las estrellas. Y no la reconoció radie, ni siquiera sus hermanas, de tanto como realzaba su belleza natural el esplendor de su indumentaria. Y todas las mujeres iban a extasiarse ante ella, y la miraban con ojos húmedos. Y ella recibía sus homenajes como una reina, con dulzura y amabilidad, de modo que conquistó todos los corazones y dejó entusiasmadas a todas las mujeres.

Pero cuando la fiesta tocaba a su fin, la joven, sin querer que sus hermanas regresasen a casa antes que ella, aprovechó el momento en que atraían toda la atención las cantarinas, para deslizarse fuera del harén y salir del palacio. Más, en su precipitación por huir, dejó caer, al correr, una de las pulseras de diamantes de sus tobillos en la pila a ras de tierra que servía de abrevadero a los caballos del rey. Y no advirtió la pérdida de su pulsera de tobillo, y volvió a casa, donde llegó antes que sus hermanas.


Al día siguiente los palafreneros llevaron a los caballos del hijo del rey a beber en el abrevadero; pero no quiso acercarse al abrevadero ninguno de los caballos del hijo del rey. Y todos juntos retrocedieron, asustados, con los nasales dilatados y resoplando con violencia. Porque habían visto algo que brillaba y lanzaba chispas en el fondo del agua. Y los palafreneros les hicieron acercarse de nuevo al agua, silbando con insistencia, aunque sin llegar a convencerles, pues los animales tiraban de la cuerda, encabritándose y dando vueltas. Entonces los palafreneros registraron el abrevadero, y descubrieron la pulsera de diamantes que había dejado caer de su tobillo la joven.

Cuando el hijo del rey, que según su costumbre, vigilaba cómo se cuidaba a los caballos, hubo examinado la pulsera de diamantes que acababan de entregarle los palafreneros, se maravilló de la finura del tobillo que debía oprimir, y pensó: "¡Por vida de mi cabeza, que no hay tobillo de mujer lo bastante fino para caber en una pulsera tan pequeña!" Y le dio vueltas en todos los sentidos, y se encontró con que las piedras eran tan hermosas que la menor de entre ellas valdría por todas las gemas que adornaban la diadema de su padre el rey. Y se dijo: "¡Por Alah, que es preciso que tome yo por esposa a la propietaria de un tobillo tan encantador y dueña de esta pulsera!" Y en aquella hora y en aquel instante se fue a despertar a su padre el rey, y le enseñó la pulsera, diciéndole: "Quiero tomar por esposa a la propietaria de un tobillo tan encantador y dueña de esta pulsera". Y el rey le contestó: "¡Oh hijo mío! no hay inconveniente. Pero ese asunto incumbe a tu madre, y ella es a quien tienes que dirigirte. ¡Porque yo no entiendo de esas cosas, y ella entiende!"

Y el hijo del rey fue en busca de su madre, y enseñándole la pulsera y contándole la historia, le dijo: "Tú eres ¡oh madre! quien puede casarme con la propietaria de un tobillo tan encantador, a la cual está unido mi corazón. Porque mi padre me ha dicho que tú entendías de estas cosas, y que él no entendía". Y se irguió sobre ambos pies, y llamó a sus mujeres, y salió con ellas en busca de la dueña de la pulsera. Y recorrieron todas las casas de la ciudad, y entraron en todos los harenes, probando en el pie de todas las mujeres mayores y de todas las jóvenes la pulsera de tobillo. Pero todos los pies resultaron demasiado grandes para la estrechez del objeto. Y al cabo de quince días de pesquisas vanas y pruebas, llegaron a casa de las tres hermanas, y lanzó un estridente grito de alegría al comprobar que se ajustaba a maravilla al tobillo de la más pequeña.

Y la reina besó a la joven, y también la besaron las demás damas del séquito de la reina. Y la cogieron de la mano, y la condujeron a palacio, donde al punto quedó decidido su matrimonio con el hijo del rey. Y comenzaron las ceremonias de las bodas, que debían durar cuarenta días y cuarenta noches.

Y he aquí que el último día, después de ser conducida la joven al hammam, sus hermanas, a quienes se había llevado ella consigo, a fin de que compartiesen su alegría y se convirtieran en grandes damas de palacio, la vistieron y la peinaron. Y como, confiada en el afecto que le mostraban, les había revelado ella el secreto y las virtudes del búcaro de alabastro, no les fue difícil obtener del búcaro mágico todos los trajes, todos los atavíos y todas las alhajas que se necesitaban para adornar a la recién casada como nunca fue adornada hija de rey o de sultán. Y cuando acabaron de peinarla le clavaron en sus hermosos cabellos grandes alfileres de diamantes a manera de airón.

Y he aquí que, apenas quedó clavado el último alfiler, la joven desposada se metamorfoseó repentinamente en tórtola con un pequeño moño en la cabeza. Y salió volando muy de prisa por la ventana del palacio.

Porque los alfileres que sus hermanas le habían clavado en los cabellos eran alfileres mágicos, dotados del poder de transformar a las jóvenes en tórtolas, y la envidia que sentían ambas hermanas les había impulsado a pedir esos alfileres al búcaro de alabastro.
Y las dos hermanas, que en aquel momento se encontraban solas con su hermana pequeña, se guardaron mucho de contar la verdad al hijo del rey. Y se limitaron a decirle que su hermana había salido un momento y que no había vuelto. Y el hijo del rey, viendo que no aparecía, mandó hacer pesquisas por toda la ciudad y todo el reino. Pero las pesquisas no dieron resultado. Y la desaparición de la joven le sumió en la pena y la amargura. ¡Y he aquí lo referente al desolado hijo del rey, consumido de amor!

En cuanto a la tórtola, todas las mañanas y todas las tardes iba a posarse en la ventana de su joven esposo, y arrullaba con voz melancólica durante mucho rato, ¡mucho rato! Y al hijo del rey le parecía que aquel arrullo respondía a su propia tristeza; y le tomó gran cariño. Y un día, al ver que ella no se asustaba aunque se acercase él, tendió la mano y la atrapó. Y la tórtola se echó a temblar entre sus manos y empezó a dar sacudidas, sin dejar de arrullar tristemente. Y él se puso a acariciarla con delicadeza, alisándole las plumas y rascándole la cabeza. Y he aquí que, al rascarle la cabeza, sintió bajo sus dedos unos pequeños objetos duros corno cabezas de alfiler. Y los extrajo del moño delicadamente, uno tras otro. Y cuando él le hubo sacado el último alfiler, la tórtola dio una sacudida y de nuevo se tornó en joven.

Y ambos vivieron entre delicias, contentos y prosperando. Y las dos malas hermanas se murieron de envidia y de una reconcentración de sangre. Y Alah otorgó a los amantes numerosos hijos, tan hermosos como sus padres.

miércoles, 17 de febrero de 2016

EL PERRO DEL VENTRÍLOCUO



Entró una vez en una fonda un ventrílocuo acompañado de su hermoso y muy inteligente perro. Se sentó a una mesa, llamó al mozo y dijo:

—Tráigame Vd. un bistec.

Estaba ya al punto de irse el mozo para ejecutar la orden, cuando se detuvo pasmado. Oyó distintamente que dijo el perro:

—Tráigame a mí también un bistec.

Estaba sentado a la misma mesa frente al ventrílocuo un ricazo que tenía más dinero que inteligencia. Éste dejó caer el tenedor y el cuchillo y miró al perro maravilloso. Mientras tanto había vuelto el mozo. Puso un bistec sobre la mesa delante del dueño, y el otro en el suelo delante del perro. Sin hacer caso del asombro general, hombre y perro comieron con buen apetito. Después dijo el dueño:

—Mozo, tráigame Vd. un vaso de vino.—Y añadió el perro:—Tráigame a mí un vaso de agua.

En esto todos en la sala cesaron de comer, y se pusieron a observar esta escena extraordinaria.

Volviéndose al ventrílocuo preguntó el ricazo:

—¿Quiere Vd. vender este perro? Nunca he visto animal tan inteligente.

Pero el amo contestó:

—Este perro no se vende. Es mi mejor amigo, y no podemos vivir el uno sin el otro.

Apenas hubo concluido éste, cuando dijo el perro:

—Es verdad lo que dice mi amo. No quiero que me venda.

Entonces el ricazo sacó la bolsa, y poniendo sobre la mesa un billete de quinientos duros sin decir palabra, dirigió al ventrílocuo una mirada interrogativa.

—A fe mía, dijo éste,—esto ya es otro cantar. Veo ahora que puede hablar también el dinero. Es de Vd. el perro.

Después de haber concluido la comida el ricazo, muy alegre y ufano, partió con el animal, que al momento de salir pronunció con voz casi ahogada de disgusto y de cólera estas palabras:

—Miserable, me ha vendido Vd. Pero juro por todos los santos, que en toda mi vida no diré otra palabra.

martes, 16 de febrero de 2016

EL PERRITO Y EL BURRO



Un perrito faldero con su dueña jugaba,
con su lengua y hocico las manos le besaba,
ladrando y con la cola, a su modo halagaba,
demostrándole en todo con cuánto la amaba.

Ante ella y sus amigos en pies se tenía;
todos, con él, gozaban de solaz y alegría,
cada uno le daba de aquello que comía;
el asno lo observaba un día y otro día.

El asno, poco seso, meditó y paró mientes;
masculló el burro necio así, entre dientes;
"Lo mismo a mi señora que todas esas gentes
con más provecho sirvo que perros complacientes.

Yo sobre mi espinazo les traigo mucha leña,
acarreo la harina que comen, de la aceña:
en dos pies me pondré, jugaré con la dueña
como el perro a quien tiene en su falda, halagüeña".

Rebuznando bien alto del establo salía,
como garañón loco tal el necio venía;
retozando y haciendo mucha majadería
se fue para la sala donde al ama hallaría.

Puso sobre los hombros de la dama sus brazos,
ella dio grandes voces, vinieron los collazos;
diéronle muchos golpes con piedras y con mazos,
hasta que en él los palos hiciéronse pedazos.