viernes, 5 de agosto de 2016

VIVIENDO EN EL PARAÍSO



Era un lugar maravilloso para vivir. La ciudad era tranquila y segura. Sus habitantes amables.

En la costa se extendían grandes playas espectaculares donde las aguas eran limpias y cálidas, la arena fina, la brisa suave. A escasos metros de la costa vivía David. Pero él nunca había apreciado demasiado la belleza de aquel lugar, su obsesión siempre había sido viajar a aquella isla.

Desde su más tierna infancia su pasión era ir a la playa y contemplar la pequeña isla que se veía en el horizonte.

Para él no había mayor placer que ver caer el sol sobre aquel pequeño trozo de tierra y soñar que algún día pisaría el islote. Siendo niño había pedido a sus padres que lo llevaran a la isla, pero no estaban muy dispuestos a hacerlo. Decían que era un lugar peligroso, que allí el mar estaba embravecido, que sus costas eran acantilados, el clima malo, la vegetación espinosa y sus gentes desagradables. Sus padres no entendían cómo alguien en su sano juicio querría ir allí.

Pero las palabras de sus padres no mermaron su deseo de conquista. Y así, con apenas seis años, David, intentó llegar a nado él sólo a esa extensión de tierra. Su aventura no resultó como él esperaba, pudiendo haber muerto ahogado de no ser por un pequeño bote que pasaba por allí.

Años más tarde lo intentó de nuevo, esta vez con una pequeña barcaza, pero produciendo idénticos resultados que en su incursión anterior, había sido un fracaso.
Sus padres no sabían cómo quitarle esa estúpida idea de la cabeza, ya que tenían miedo de que un día su hijo perdiera la vida en un nuevo intento por pisar aquellas tierras; así que le prometieron que le pagarían un viaje a la isla cuando terminara sus estudios. Su obsesión pareció aplacarse. Pero en realidad David seguía yendo a escondidas a la playa para ver el atardecer mientras soñaba con el día en que vería aquel trozo de tierra.

Cada vez que mencionaba su deseo de viajar hasta allí lo trataban poco menos que de loco. La mayoría trataba de quitarle la idea de la cabeza y otros simplemente creían que hablaba en broma pues no entendían por qué nadie quería ir hasta allí. Durante una conversación con sus compañeros de universidad, David propuso hacer un viaje a la isla. Pero ninguno de sus amigos pareció entusiasmado con la idea, dándole razones parecidas a la de sus padres y decidiendo casi por unanimidad hacer el viaje a las montañas.

David no entendía el porqué de la aversión hacia aquel lugar, y seguía yendo cada vez que podía a la playa para ver su preciada isla.

Cuando terminó sus estudios en la universidad, David no les pidió a sus padres el viaje prometido. Sabía que se negarían o por lo menos que les daría un disgusto, ya que ellos creían superado su deseo, atribuyéndolo a una de esas fases del crecimiento. Pero su sueño no estaba suspendido ni mucho menos. Los comentarios despectivos hacia la isla por parte de familiares y amigos, lejos de desalentar a David, habían despertado en él mayor deseo de descubrimiento. ¿Por qué todo el mundo odia ese pedazo de piedra anclado al mar? Estaba decidido, iba a hacer aquel viaje.

Pero no iba a pedir permiso, ni consejo, ni se lo iba a contar a nadie. Sería su secreto, no quería que nadie le arruinara el viaje. Era un viaje que debía hacer sólo.

Como cuando era niño, se echaría a la mar sin contar con compañía alguna. Pero esta vez no cometería las imprudencias de la niñez. Hacía tiempo que había estado ahorrando dinero para el viaje. Salía un barco cada tres días en dirección a la isla. No era un barco turista, ya que nadie viajaba a aquella isla por placer; sino un barco de carga. Había hablado con el capitán y se habían puesto de acuerdo en el precio. El único inconveniente sería que no podría volver a su casa hasta pasados tres días, pero esto no molestó en absoluto a David, sino más bien lo contrario dándole de este modo la posibilidad de conocer un poco más la isla.

Y llego el día esperado, subió a ese barco y emprendió el camino a esa isla, su isla. Al llegar, David, pudo comprobar con sus propios ojos que todo lo que le habían contado sobre ella era absolutamente cierto.

Conforme se acercaba el clima había empeorado, las olas eran más furiosas y las nubes más negras. Pudo comprobar que no había una sola playa en toda la isla sino que estaba rodeada de acantilados. La ciudad estaba sucia, los edificios altos en su mayoría eran feos y estaban poco cuidados. La gente con las que se cruzó parecía malhumoradas, y maleducadas, caminando sin atender a nada más que a ellos mismos. Además al bajar del barco le habían recomendado que tuviera cuidado con su cartera pues había muchos ladrones por los alrededores.

Ahora, mientras esperaba a que saliera nuevamente el barco en dirección a su casa estaba satisfecho con el viaje que acababa de realizar. Cierto que aquella isla era el peor lugar del mundo. Pero gracias a su empeño, había visto como era un amanecer en su patria desde aquella isla. Sin duda el espectáculo más lindo del mundo.

Y es que ese viaje le había hecho valorar lo que ya tenía y nunca supo apreciar… Que vivía en el paraíso.

martes, 2 de agosto de 2016

LA PRINCESA QUE REGALÓ TODO



Hace mucho tiempo vivía un Príncipe en un enorme castillo, que buscaba princesa con quien casarse y tener muchos hijitos.
Su padre el rey hizo el anuncio que todo el reino esperaba.
– El día del cumpleaños del Príncipe, que será dentro de catorce días y catorce noches, la muchacha que le haga a mi hijo el mejor regalo y por tanto el que más le guste a él, la elegirá como esposa para acabar siendo la reina de este castillo.
La sorpresa fue mayúscula y creó una gran expectación y alegría allá donde la noticia se escuchaba.
Todas las muchachas del reino, de algunas ciudades del alrededor e incluso de algunos países extranjeros, se dieron cita el gran día del cumpleaños del Príncipe.
Los regalos eran espectaculares, joyas, cofres repletos de oro y diamantes, caballos traídos de Arabia, Toneles del mejor vino español y otros muchos y de los más variados de todo el continente.
Pero el Príncipe se fijó en un regalo que era una simple caja, a decir verdad era una caja muy bonita de madera, pero lo que más le llamó la atención al Príncipe fue que la caja estaba abierta y dentro no había nada, estaba completamente vacía y por supuesto el Príncipe no entendió nada. Hizo llamar a su mayordomo y le pidió que localizara a la muchacha que se estaba burlando de él y que su regalo había sido nada.
Pocos minutos después el mayordomo se presentó anunciando a la muchacha que no le había hecho ningún regalo y por supuesto el Príncipe le preguntó:
– Me puedes explicar porque te has querido burlar de mí no regalándome nada. Dijo el Príncipe dándole la espalda a la muchacha.
Con voz temblorosa la muchacha pudo decir:
– Lo siento Príncipe, pero por el camino me encontré con tanta gente que lo necesitaba más que usted, que lo repartí todo.
El Príncipe solo escuchando la voz dulce de la muchacha y su grandiosa generosidad, se dio media vuelta, se arrodilló y sin mirarle el rostro dijo:
– No me importa como seas por fuera, porque por dentro he visto que quiero que seas la madre de mis hijos y la reina de mi castillo y mi corazón. ¿Te quieres casar conmigo?
– Ella se arrodilló junto a él y por primera vez se miraron a la cara y descubrieron lo bellos que eran y lo mucho que se amaban.
Se besaron dulcemente y anunciaron el compromiso. Juntos repartieron todos los regalos del Príncipe y todo el reino lo agradeció.
Fueron muy felices y reinaron con sabiduría y justicia, hasta el final de sus días.

miércoles, 27 de julio de 2016

EL OSO Y LA HIENA



Viendo a la hiena en su cueva
Comerse un cadáver yerto,
Le dijo el Oso: «¿en un muerto
Tu saña impía se ceba?

Rayos el cielo en ti llueva,
Pues así le das motivos:
¿Yo hincar mis dientes nocivos
En cuerpos difuntos? No!»


La Hiena le contestó:
Pero te los comes vivos.

sábado, 23 de julio de 2016

EL CRIADO ERUDITO



Varios amigos, un militar, un poeta, un cura, un usurero y un pintor, estaban de sobremesa discurriendo acerca del valor relativo de algunos grandes hombres. El criado de la fonda los escuchaba encantado.

—Propongo un brindis,—dijo el militar,—por el primer hombre del mundo, por Alejandro Magno.

—¡Protesto!—exclamó el poeta;—el primer hombre del mundo fue Byron!

—¡Profano!—dijo el cura;—el primer hombre del mundo fue San Ignacio de Loyola.

—Proclamo,—chilló el usurero,—por primer hombre del mundo a Malthus.

—¡Protervo!—vociferó el pintor;—el primer hombre del mundo fue Miguel Ángel.

—¡Pobres señores!—se permitió decir el criado de la fonda.—El primer hombre del mundo fue Adán.

Este despropósito cayó tan en gracia a los amigos, que al acabar de reír ya no se acordaron de su discusión, ni de dar propina al Criado.


viernes, 22 de julio de 2016

LA PANDILLA DEL BARRIO



Arturo García es un chico tímido, y aunque es buena persona, es impopular con las chicas y mediocre en sus estudios, que está perdidamente enamorado de Natalia Bravo, una compañera suya de Biología.

Toda su vida monótona dará un giro radical de 180º grados cuando salva la vida de la chica de sus sueños en un accidente de coche, quedando malherido.

Con esta hazaña, se convierte en un héroe local tanto en el barrio como en el instituto, incluso formando una banda que ayude a los ciudadanos y sus compañeros que lo necesitan.

Sin embargo, la pandilla de Arturo se enfrentará a un grave problema puesto que el automóvil que casi estrella a la ahora novia de Arturo, era de un grupo de violentos atracadores que se dieron a la fuga luego de un fallido atraco a un banco.

Todo el vecindario da la alerta puesto que los ladrones causan estragos queriendo llamar la atención de Arturo García y su banda.

lunes, 18 de julio de 2016

EL PAPEL Y EL TRAPO



A un pobre Trapo que en el suelo estaba, el Papel desdeñaba, diciéndole: ¡Anda, sucio ! No te acerques, que yo estoy limpio, rozagante y terso, y no quiero por todo el Universo tu contacto sufrir, ni que me empuerques.

—Miren el necio —contestó el Guiñapo— y cuál mi acceso en evitar se empeña. Más ya que así me ultraja y me desdeña, dígame usted, sea Guapo: ¿Cómo tan pronto en su altivez olvida que fue un Harapo quien le dio la vida, y que antes que Papel ha sido Trapo?

Quien de la plebe descender entienda no la desdeñe, aunque sobre ella ascienda, no sea que por mucho que se eleve, pueda alguno decir: —¿Veis el desprecio con que nos mira el tal ? Pues ese necio, antes de ser lo que es, ha sido plebe.

sábado, 16 de julio de 2016

LOS COCHES CHOCONES



La anciana dormitaba en la mecedora, la cabeza caída ligeramente sobre el hombro. La respiración era irregular, entrecortada, como expectante... Los globos oculares se movían erráticos bajo los párpados entreabiertos. Su boca esbozaba una ligera sonrisa que a veces se trocaba en mueca de disgusto y, cosa extraña, iluminaba su rostro haciéndole parecer una niña enfadada. Una ola de calor inundaba su cuerpo.

La mecedora se movía rítmicamente...

... Era el día de San Juan. Había fiestas en el pueblo y, como todos los años, los feriantes habían llegado con su tómbola, sus caballitos y sus coches de choque. ¡Los coches de choque! ¡Qué expectación producían en los jóvenes y no tan jóvenes de la comunidad...! En unos porque les daba la posibilidad de conducir; si, conducir un coche, aunque fuera “de mentira”. En otros porque podían lucirse mostrando  su extraordinaria capacidad de manejo, sobre todo cuando había chicas. Pero lo más importante es que a la mayoría le daba la ocasión de perseguir, chocar y dejar en ridículo a los “chulitos”.

Allí los tenías, una mano al volante, la otra apoyada en el respaldo del vehículo, sentados de medio lado, observando indolentemente a los espectadores que se agolpaban en los laterales del recinto. El coche daba vueltas y más vueltas, con su banderita, chocando una y otra vez con los demás. Buscaba el choque lateral o trasero con aquellos que llevaban chicas. Ellas volvían entonces su cabeza mostrando caras risueñas y de sorpresa. El choque frontal, aunque prohibido, era el preferido si los otros conductores eran machitos como él. Lo fundamental era agarrar velocidad con el coche antes de chocar, entonces la colisión era grandiosa y un murmullo de sorpresa se levantaba entre los espectadores que hacía las delicias del sado conductor. De vez en cuando, el coche paraba delante de una muchacha y le decía: ¿quieres subir? Entonces ella subía a toda prisa, se sentaba a su lado, y él seguía con su brazo apoyado en el respaldo del asiento, ahora más cerca del otro cuerpo sentado junto al suyo.

Dos niñas estaban sentadas en una de las barras laterales que rodeaban el recinto. Sus caras reflejaban curiosidad y alegría. Como eran fiestas y eran mayores, ¡ya tenían ochos años!, sus padres les habían dado la paga para que se la gastaran como quisieran. Entre las dos juntaban diez pesetas;  como cada ficha costaba cinco, podrían viajar dos veces al día. Allí estaban, nerviosas, mirando, intentando saber cómo había que hacer... Por fin decidieron comprar dos fichas. Usarían una ahora que había poca gente y otra al final de la tarde.

Las dos niñas se subieron a un coche rojo, el número 2, que parecía que corría mucho. María se sentó al volante, metió la ficha negra por la ranura que había en la parte delantera del coche. No ocurrió nada, el coche no se movió. ¡Qué disgusto! Un chico les gritó: “¡Niña, tienes que pisar el pedal!” Así lo hizo y  ¡oh maravilla!, aquello se puso en marcha.

La anciana, en la mecedora, movía sus brazos al tiempo que daba golpes en el suelo con su pié derecho. Su cara sonreía, estaba roja...

Un pequeño entró corriendo en la habitación.

¡Abuelita María!

La anciana despertó.