sábado, 18 de abril de 2015

SU PRIMER VUELO



Una joven gaviota se paró al borde del acantilado; le daba miedo volar. Dio una carrerita y movió las alas. Pero el mar se veía enorme allá abajo y estaba segura de que sus alitas no la sostendrían. Así que dio media vuelta y fue a cobijarse en el nido donde había nacido.
Incluso cuando observó a su hermana y su hermano correr hacia el borde, agitar sus alas y lanzarse a volar, no tuvo valor para imitarlos.

Su padre y su madre la llamaban insistentemente, animándola a probar y amenazándola con que se moriría de hambre si no echaba a volar. Pero ella no podía moverse.

Durante un día entero nadie se le acercó. Miraba a sus padres que volaban con sus hermanos, enseñándoles a elevarse, planear, deslizarse a ras de las olas y sumergirse para pescar. Vio a su hermano pescar su primer pez y comérselo, mientras los padres le miraban orgullosos. A ella nadie le trajo alimento.

Cuando ya el sol se ponía, rebuscó entre la hierba y las algas del nido algo para echarse al pico. Incluso picoteó las cáscaras del huevo de donde ella misma había salido.

Su hermano y su hermana dormitaban sobre el acantilado de enfrente. Su padre atusaba las plumas de su dorso blanco. Su madre les observaba muy erguida desde una roca. 

Picoteó un pedazo de pescado que había a sus pies y frotó su pico, por ambos lados, contra la roca.

A la vista de la comida que tenía su madre, enloqueció la joven gaviota. ¡Cómo le gustaría comer un poco de pescado!

—Ga, ga, ga—, gritó, pidiendo a su madre que le trajera algo de alimento. Siguió llamando lastimosamente y de pronto dio un grito de alegría. Su madre había recogido un trozo de pescado y volaba hacia ella. Se reclinó hacia adelante con entusiasmo, tratando de acercarse lo más posible.

Pero su madre se paró frente a ella con las patas relajadas y las alas extendidas. 

Suspendida en el aire, llevaba el pez en el pico y estaba tan cerca que la joven gaviota casi podía tocarla. ¿Por qué no se acercaba? ¿Por qué no le daba el pez? Casi sin poder se inclinó más hacia adelante.

Con un grito terrible, cayó del acantilado al vacío. La madre batió sus alas. A medida que iba cayendo, la joven gaviota oía a su madre volar sobre su cabeza. Le entró tal terror que se le paró el corazón y ya no oía nada. Pero duró sólo un momento. De pronto sintió que sus alas se desplegaban. Podía sentir las puntas cortando el aire. Ya no se caía. Ahora iba planeando hacia abajo y ya no tenía miedo. Sólo se sentía algo mareada.

Entonces batió sus alas y empezó a subir. Gritando de júbilo, volvió a batir las alas y subió un poco más. Levantó el pecho para aminorar el viento.

—Ga, ga, ga—. Su madre pasó junto a ella. Le respondió con un grito. Entonces olvidó completamente que hasta hacía un momento no había sido capaz de volar y comenzó a hacer piruetas.

Bajó hasta rozar el agua, volando muy cerca de la superficie. Vio las olitas blancas sobre la gran masa verdiazul y contempló a su familia posarse sobre ellas. ¡Le estaban llamando para que se acercara! Entonces, dejó caer las patas para posarse en el mar.
¡Las patas se hundieron!

Gritando de miedo, trató de elevarse nuevamente, batiendo las alas. Pero sus patas se hundían cada vez más hasta que su cuerpo reposó en el agua.

Y dejó de hundirse. ¡Estaba flotando! A su alrededor, la familia daba gritos de júbilo y alabanza.

La joven gaviota había hecho su primer vuelo.

viernes, 10 de abril de 2015

EL HIJO DEL SOL



Una vieja leyenda cuenta la historia de un hombre y una mujer que vivían en una islita al oeste del Canadá. Se encontraban muy solos, pues no tenían hijos y en la isla no vivía nadie más.

Una tarde que el cielo adquirió un color semejante al de las plumas de la gaviota, la joven esposa se sentó a la orilla del mar y miró hacia el horizonte.

"Si tuviéramos hijos, podrían jugar conmigo en la arena y no me sentiría tan sola", pensó.
Ocurrió que un martín pescador, con sus pequeñuelos, zambullía su pico en el río que desembocaba en aquel lugar.

-“¡Oh, martín pescador!”- exclamó la joven –“desearía tener hijos como tú”-

Con gran asombro oyó que el martín pescador le respondía.

-“¡Mira las caracolas! ¡Mira en el interior de las caracolas!”-

A la tarde siguiente su marido salió a pescar y la joven volvió a sentarse en la playa, fijó su mirada en el mar y vio que una gaviota se mecía sobre las olas junto a sus pequeños.

-“¡Oh, gaviota!”- susurró la joven –“quisiera tener hijos como tú”-

La gaviota le respondió: -“¡Mira las caracolas! ¡Mira en el interior de las caracolas!”-

De repente, oyó un llanto tras sí. Provenía de una gran caracola depositada en la arena. La mujer la recogió, miró en su interior y allí vio a un niño muy pequeño que lloraba desconsoladamente.

Llevó al bebé a su casa y lo cuidó hasta que se convirtió en un muchachito fuerte y sano. Un día, el niño dijo a la joven:

-“Necesito un arco hecho con el brazalete de cobre que llevas en el brazo”-

La mujer sonrió y, para complacerle, le hizo un pequeño arco y dos flechas.

Al día siguiente, el niño salió a cazar con sus flechas y su arco. Y así continuaría haciendo todos los días. Cazaba gansos, patos y toda clase de aves de mar.

Al crecer, el rostro del muchacho fue adquiriendo un tono dorado, más brillante aún que el resplandor de su pequeño arco. Y cuando se sentaba en la playa, mirando hacia el mar, todo se serenaba y unas extrañas luces resplandecían en la superficie del agua.

Un día, una gran tormenta se abatió sobre el mar y el agua estaba tan agitada que el pescador no pudo salir con su barca. La tormenta duró varios días y se quedaron sin pescado para comer.

Entonces el niño dijo:

-“Aventúrate en el mar y déjame ir en la barca contigo, padre; quiero conquistar el Espíritu de la tormenta”-

El hombre no quería embarcar con el mar tan agitado, pero el muchacho insistió tanto que al final aceptó.

Juntos se enfrentaron a la fuerte marejada. No tuvieron que remar mucho para encontrar al Espíritu de la tormenta que soplaba desde el suroeste, allí donde habitan los grandes vientos.

El Espíritu de la tormenta soplaba y soplaba como un monstruo salvaje y zarandeaba la pequeña embarcación de un lado para otro. Pero su furia huracanada no lograba hacerla volcar. El niño la dirigía en medio de las olas y pronto a su alrededor el mar se calmó.

Entonces el Espíritu de la tormenta llamó a su amiga la Niebla marina, para que bajara a esconder el agua; sabía que si la niebla se extendía, el hombre y el niño estarían perdidos.

Cuando el hombre vio que la niebla se adueñaba del mar se quedó aterrado; era su enemiga más temida.

Pero el niño dijo:

-“No te asustes. La niebla no te hará daño mientras yo esté contigo”-

Y así fue, porque cuando vio al niño sonriente, sentado en la proa de la barquita, desapareció tan pronto como había venido. Convencido de su impotencia, el Espíritu de la tormenta se marchó enfadado, y el mar recobró su calma.

Mientras volvían a casa, el niño enseñó a su padre una canción mágica, y la cantaron a los peces. Estos, al oírla, nadaron hacia las redes. En unos momentos llenaron la barca de pescado.

-“Dime cuál es el secreto de tu poder”- dijo el padre.

-“Aún no puedo decírtelo”- contestó el niño.

Al día siguiente, el muchacho salió con su arco y sus flechas de cobre y cazó muchos pájaros. Cuando llegó a casa, los desplumó y los puso a secar.

Luego se vistió con las plumas de un avefría, se elevó en el aire y voló por encima del mar. El océano tenía un color grisáceo, semejante al de sus alas.

Después de volar en torno a la isla, se quitó las plumas de avefría, se vistió con las plumas azules, que seleccionó de algunos arrendajos, y de nuevo se elevó por los aires. Debajo de él, el mar se volvió inmediatamente del mismo azul que sus alas. Al terminar su segundo viaje alrededor de la isla, se vistió con las plumas de los petirrojos, de un bello color oro rojizo. Mientras volaba muy alto sobre el mar, las olas reflejaban el color del fuego. 

Brillantes resplandores de luz aparecían sobre el océano y el cielo al oeste se teñía de un rojo dorado.

Cuando volvió a la playa, el muchacho dijo a su madre:

-“Soy el hijo del Sol. Ahora debo irme y abandonar esta isla para siempre. Pero me apareceré a menudo ante vosotros, al oeste del cielo cuando el sol cae sobre el horizonte. Cuando el cielo y el mar del atardecer tengan el color dorado de mi rostro, sabréis que al día siguiente el tiempo será bueno y no habrá viento ni tormenta. Y aunque ahora tenga que dejarte, te voy a otorgar un poder. Lleva puesto este... vestido mágico y si me necesitas para algo, me lo haces saber con sólo mandarme pequeñas señales blancas que podré ver desde mi casa del oeste”-

El muchacho dio el vestido mágico a su madre y voló hacia el oeste, dejando al pescador y a su mujer muy entristecidos. Desde aquel día, cuando la mujer se sienta en la arena y afloja su vestido mágico, el viento se pone a soplar y el mar se agita. Cuanto más lo afloja, más crece la tormenta.

Pero en otoño, cuando la niebla se extiende por el mar y el cielo se cubre de nubes, ella recuerda la promesa del niño. Arranca las finas plumitas blancas de los pechos de los pájaros y las arroja al viento.

Transformadas en copos de nieve, vuelan hacia el oeste para llevar un mensaje al muchacho que le recuerda: "¡Hijo del Sol, el mundo está gris y solitario! ¡Déjanos ver tu rostro dorado!

Entonces, antes del anochecer, aparece él y cielo y mar se cubren de una luz dorada.
Y la gente en la Tierra sabe que no habrá viento al día siguiente y que el tiempo será bueno. Tal como lo prometió el hijo del Sol un día a su madre.

martes, 7 de abril de 2015

EL GIGANTE EGOÍSTA



Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños jugaban en el jardín de un gran castillo deshabitado. Se revolcaban por la hierba, se escondían tras los arbustos repletos de flores y trepaban a los árboles que cobijaban a muchos pájaros cantores. Allí eran muy felices.

Una tarde, estaban jugando al escondite cuando oyeron una voz muy fuerte.

-“¿Qué hacen en mi jardín?”-

Temblando de miedo, los niños espiaban desde sus escondites, desde donde vieron a un 
gigante muy enfadado. Había decidido volver a casa después de vivir con su amigo el ogro durante siete años.

-“He vuelto a mi castillo para tener un poco de paz y de tranquilidad”- dijo con voz de trueno. –“No quiero oír a niños revoltosos. ¡Fuera de mi jardín! ¡Y que no se os ocurra volver!”-

Los niños huyeron lo más rápido que pudieron.

-“Este jardín es mío y de nadie más”- mascullaba el gigante. –“Me aseguraré de que nadie más lo use”-

Muy pronto lo tuvo rodeado de un muro muy alto lleno de pinchos.

En la gran puerta de hierro que daba entrada al jardín el gigante colgó un cartel que decía "PROPIEDAD PRIVADA. Prohibido el paso". Todos los días los niños asomaban su rostro por entre las rejas de la verja para contemplar el jardín que tanto echaban de menos. 

Luego, tristes, se alejaban para ir a jugar a un camino polvoriento. Cuando llegó el invierno, la nieve cubrió el suelo con una espesa capa blanca y la escarcha pintó de plata los árboles. El viento del norte silbaba alrededor del castillo del gigante y el granizo golpeaba los cristales.

-“¡Cómo deseo que llegue la primavera!”- suspiró acurrucado junto al fuego.
Por fin, la primavera llegó. La nieve y la escarcha desaparecieron y las flores tiñeron de colores la tierra. Los árboles se llenaron de brotes y los pájaros esparcieron sus canciones por los campos, excepto en el jardín del gigante. Allí la nieve y la escarcha seguían helando las ramas desnudas de los árboles.

-“La primavera no ha querido venir a mi jardín”- se lamentaba una y otra vez el gigante. 
–“Mi jardín es un desierto, triste y frío”-

Una mañana, el gigante se quedó en cama, triste y abatido. Con sorpresa oyó el canto de un mirlo. Corrió a la ventana y se llenó de alegría. La nieve y la escarcha se habían ido, y todos los árboles aparecían llenos de flores.

En cada árbol se hallaba subido un niño. Habían entrado al jardín por un agujero del muro y la primavera los había seguido. Un solo niño no había conseguido subir a ningún árbol y lloraba amargamente porque era demasiado pequeño y no llegaba ni siquiera a la rama más baja del árbol más pequeño.

El gigante sintió compasión por el niño.

-“¡Qué egoísta he sido! Ahora comprendo por qué la primavera no quería venir a mi jardín. Derribaré el muro y lo convertiré en un parque para disfrute de los niños. Pero antes debo ayudar a ese pequeño a subir al árbol”-

El gigante bajó las escaleras y entró en su jardín, pero cuando los niños lo vieron se asustaron tanto que volvieron a escaparse. Sólo quedó el pequeño, que tenía los ojos llenos de lágrimas y no pudo ver acercarse al gigante. Mientras el invierno volvía al jardín, el gigante tomó al niño en brazos.

-“No llores”- murmuró con dulzura, colocando al pequeño en el árbol más próximo.

De inmediato el árbol se llenó de flores, el niño rodeó con sus brazos el cuello del gigante y lo besó.

Cuando los demás niños comprobaron que el gigante se había vuelto bueno y amable, regresaron corriendo al jardín por el agujero del muro y la primavera entró con ellos. El gigante reía feliz y tomaba parte en sus juegos, que sólo interrumpía para ir derribando el muro con un mazo. Al atardecer, se dio cuenta de que hacía rato que no veía al pequeño.

-“¿Dónde está vuestro amiguito?”- preguntó ansioso.

Pero los niños no lo sabían. Todos los días, al salir de la escuela, los niños iban a jugar al hermoso jardín del gigante. Y todos los días el gigante les hacía la misma pregunta: -“¿Ha venido hoy el pequeño?”- También todos los días, recibía la misma respuesta:

-“No sabemos dónde encontrarlo. La única vez que lo vimos fue el día en que derribaste el muro”-

El gigante se sentía muy triste, porque quería mucho al pequeño. Sólo lo alegraba el ver jugar a los demás niños.

Los años pasaron y el gigante se hizo viejo. Llegó un momento en que ya no pudo jugar con los niños.

Una mañana de invierno estaba asomado a la ventana de su dormitorio, cuando de pronto vio un árbol precioso en un rincón del jardín. Las ramas doradas estaban cubiertas de delicadas flores blancas y de frutos plateados, y debajo del árbol se hallaba el pequeño.

-“¡Por fin ha vuelto!”- exclamó el gigante, lleno de alegría.

Olvidándose de que tenía las piernas muy débiles, corrió escaleras abajo y atravesó el jardín. Pero al llegar junto al pequeño enrojeció de cólera.

-“¿Quién te ha hecho daño? ¡Tienes señales de clavos en las manos y en los pies! Por muy viejo y débil que esté, mataré a las personas que te hayan hecho esto”-

Entonces el niño sonrió dulcemente y le dijo:

-“Calma. No te enfades y ven conmigo”-

-“¿Quién eres?”- susurró el gigante, cayendo de rodillas.

-“Hace mucho tiempo me dejaste Jugar en tu jardín”- respondió el niño. –“Ahora quiero que vengas a jugar al mío, que se llama Paraíso”-

Esa tarde, cuando los niños entraron en el jardín para jugar con la nieve, encontraron al gigante muerto, pacíficamente recostado en un árbol, todo cubierto de llores blancas.

lunes, 6 de abril de 2015

EL DUENDE DE LA TIENDA



Érase una vez un estudiante, un estudiante de verdad, que vivía en una buhardilla y nada poseía; y érase también un tendero, un tendero de verdad, que habitaba en la trastienda y era dueño de toda la casa; y en su habitación moraba un duendecillo, al que todos los años, por Nochebuena, obsequiaba aquél con un tazón de papas y un buen trozo de mantequilla dentro. Bien podía hacerlo; y el duende continuaba en la tienda, y esto explica muchas cosas.

Un atardecer entró el estudiante por la puerta trasera, a comprarse una vela y el queso para su cena; no tenía a quien enviar, por lo que iba él mismo. Le dieron lo que pedía, lo pagó, y el tendero y su mujer le desearon las buenas noches con un gesto de la cabeza. La mujer sabía hacer algo más que gesticular con la cabeza; era un pico de oro.

El estudiante les correspondió de la misma manera y luego se quedó parado, leyendo la hoja de papel que envolvía el queso. Era una hoja arrancada de un libro viejo, que jamás hubiera pensado que lo tratasen así, pues era un libro de poesía.

-“Todavía nos queda más”- dijo el tendero –“Lo compré a una vieja por unos granos de café; por ocho chelines se lo cedo entero”-

-“Muchas gracias”- repuso el estudiante. –“Démelo a cambio del queso. Puedo comer pan solo; pero sería pecado destrozar este libro. Es usted un hombre espléndido, un hombre práctico, pero lo que es de poesía, entiende menos que esa cuba”-

La verdad es que fue un tanto descortés al decirlo, especialmente por la cuba; pero tendero y estudiante se echaron a reír, pues el segundo había hablado en broma. Con todo, el duende se picó al oír semejante comparación, aplicada a un tendero que era dueño de una casa y encima vendía una mantequilla excelente.

Cerrado que hubo la noche, y con ella la tienda, y cuando todo el mundo estaba acostado, excepto el estudiante, entró el duende en busca del pico de la dueña, pues no lo utilizaba mientras dormía; fue aplicándolo a todos los objetos de la tienda, con lo cual éstos adquirían voz y habla. Y podían expresar sus pensamientos y sentimientos tan bien como la propia señora de la casa; pero, claro está, sólo podía aplicarlo a un solo objeto a la vez; y era una suerte, pues de otro modo, ¡menudo barullo!

El duende puso el pico en la cuba que contenía los diarios viejos.

-“¿Es verdad que usted no sabe lo que es la poesía?”-

-“Claro que lo sé”- respondió la cuba. –“Es una cosa que ponen en la parte inferior de los periódicos y que la gente recorta; tengo motivos para creer que hay más en mí que en el estudiante, y esto que comparado con el tendero no soy sino una cuba de poco más o menos”-

Luego el duende colocó el pico en el molinillo de café. ¡Dios mío, y cómo se soltó éste! Y después lo aplicó al barrilito de manteca y al cajón del dinero; y todos compartieron la opinión de la cuba. Y cuando la mayoría coincide en una cosa, no queda más remedio que respetarla y darla por buena.

-¡Y ahora, al estudiante! -pensó; y subió calladito a la buhardilla, por la escalera de la cocina. Había luz en el cuarto, y el duendecillo miró por el ojo de la cerradura y vio al estudiante que estaba leyendo el libro roto adquirido en la tienda. Pero, ¡qué claridad irradiaba de él!

De las páginas emergía un vivísimo rayo de luz, que iba transformándose en un tronco, en un poderoso árbol, que desplegaba sus ramas y cobijaba al estudiante. Cada una de sus hojas era tierna y de un verde jugoso, y cada flor, una hermosa cabeza de doncella, de ojos ya oscuros y llameantes, ya azules y maravillosamente límpidos. Los frutos eran otras tantas rutilantes estrellas, y un canto y una música deliciosos resonaban en la destartalada habitación.

Jamás había imaginado el duendecillo una magnificencia como aquélla, jamás había oído hablar de cosa semejante. Por eso permaneció de puntillas, mirando hasta que se apagó la luz. Seguramente el estudiante había soplado la vela para acostarse; pero el duende seguía en su sitio, pues continuaba oyéndose el canto, dulce y solemne, una deliciosa canción de cuna para el estudiante, que se entregaba al descanso.

-¡Asombroso! -se dijo el duende-. ¡Nunca lo hubiera pensado! A lo mejor me quedo con el estudiante... -

Y se lo estuvo rumiando buen rato, hasta que, al fin, venció la sensatez y suspiró. -¡Pero el estudiante no tiene papillas, ni mantequilla!-. Y se volvió; se volvió abajo, a casa del tendero. Fue una suerte que no tardase más, pues la cuba había gastado casi todo el pico de la dueña, a fuerza de pregonar todo lo que encerraba en su interior, echada siempre de un lado; y se disponía justamente a volverse para empezar a contar por el lado opuesto, cuando entró el duende y le quitó el pico; pero en adelante toda la tienda, desde el cajón del dinero hasta la leña de abajo, formaron sus opiniones calcándolas sobre las de la cuba; todos la ponían tan alta y le otorgaban tal confianza, que cuando el tendero leía en el periódico de la tarde las noticias de arte y teatrales, ellos creían firmemente que procedían de la cuba.

En cambio, el duendecillo ya no podía estarse quieto como antes, escuchando toda aquella erudición y sabihondura de la planta baja, sino que en cuanto veía brillar la luz en la buhardilla, era como si sus rayos fuesen unos potentes cables que lo remontaban a las alturas; tenía que subir a mirar por el ojo de la cerradura, y siempre se sentía rodeado de una grandiosidad como la que experimentamos en el mar tempestuoso, cuando Dios levanta sus olas; y rompía a llorar, sin saber él mismo por qué, pero las lágrimas le hacían un gran bien. ¡Qué magnífico debía de ser estarse sentado bajo el árbol, junto al estudiante! Pero no había que pensar en ello, y se daba por satisfecho contemplándolo desde el ojo de la cerradura. Y allí seguía, en el frío rellano, cuando ya el viento otoñal se filtraba por los tragaluces, y el frío iba arreciando. Sólo que el duendecillo no lo notaba hasta que se apagaba la luz de la buhardilla, y los melodiosos sones eran dominados por el silbar del viento. ¡Ujú, cómo temblaba entonces, y bajaba corriendo las escaleras para refugiarse en su caliente rincón, donde tan bien se estaba! Y cuando volvió la Nochebuena, con sus papillas y su buena bola de manteca, se declaró resueltamente en favor del tendero.

Pero a media noche despertó al duendecillo un alboroto horrible, un gran estrépito en los escaparates, y gentes que iban y venían agitadas, mientras el sereno no cesaba de tocar el pito. Había estallado un incendio, y toda la calle aparecía iluminada. ¿Sería su casa o la del vecino? ¿Dónde? ¡Había una alarma espantosa, una confusión terrible! La mujer del tendero estaba tan consternada, que se quitó los pendientes de oro de las orejas y se los guardó en el bolsillo, para salvar algo. El tendero recogió sus láminas de fondos públicos, y la criada, su mantilla de seda, que se había podido comprar a fuerza de ahorros. Cada cual quería salvar lo mejor, y también el duendecillo; y de un salto subió las escaleras y se metió en la habitación del estudiante, quien, de pie junto a la ventana, contemplaba tranquilamente el fuego, que ardía en la casa de enfrente. El duendecillo cogió el libro maravilloso que estaba sobre la mesa y, metiéndoselo en el gorro rojo lo sujetó convulsivamente con ambas manos: el más precioso tesoro de la casa estaba a salvo. Luego se dirigió, corriendo por el tejado, a la punta de la chimenea, y allí se estuvo, iluminado por la casa en llamas, apretando con ambas manos el gorro que contenía el tesoro. Sólo entonces se dio cuenta de dónde tenía puesto su corazón; comprendió a quién pertenecía en realidad. Pero cuando el incendio estuvo apagado y el duendecillo hubo vuelto a sus ideas normales, dijo:

-Me he de repartir entre los dos. No puedo separarme del todo del tendero, por causa de las papillas.

Y en esto se comportó como un auténtico ser humano.


viernes, 3 de abril de 2015

EL OSO MANSO



El oso blanco que capturó Arturo, el cazador, era tan grande, tan manso y tan hermoso, que decidió regalárselo al Rey de Dinamarca por Navidad. Camino del palacio real se encontraban en la ladera de una montaña cuando de pronto se hizo de noche.

-“Alejémonos del frío”- dijo Arturo al oso. –“Mira, ahí hay una cabaña”-

Llamó a la puerta y una voz desde dentro respondió.

-“¿Por qué llamáis? Nunca os habéis tomado antes esa molestia”-

Al insistir Arturo, el granjero abrió la puerta.

-“Oh, lo siento. Pensé que serían esos terribles gnomos”-

-“¿Gnomos?”- dijo Arturo. –“Mi amigo el oso y yo sólo buscábamos un lugar donde guarecernos esta noche”-

-“Estarían mejor en las cuevas, amigo”- dijo la mujer del granjero. –“Allí vamos nosotros ahora. Es la noche de Navidad, ya sabes, y todas las noches de Navidad un grupo de asquerosos gnomos baja de las montañas y hacen lo que quieren en nuestra pequeña cabaña. Comen hasta las migajas de la comida y beben nuestra cerveza. Rompen los muebles y hacen añicos lo platos. Después, se meten en nuestras camas a dormir y ni se quitan las botas”-

-“Hemos llegado en el momento oportuno”- dijo Arturo. –“Dejadnos pasar esta noche aquí y verán cómo ustedes y su familia no tendrán que volver a pasar las Navidades en las cuevas”-

El cazador se acostó frente al fogón de la cocina con su oso hecho un ovillo bajo la mesa, y el granjero y su mujer se fueron a dormir.

Al filo de la media noche, se oyeron grandes risotadas y espantosos aullidos en torno a la cabaña.

Entonces, los gnomos gritaron:

-“¡Granjero Palomares! Hemos venido a tu cena de Navidad ¿no oyes? ¿Qué nos has preparado este año? ¡Mejor que sea buena, porque si no...!”-

Forzaron la ventana y saltaron dentro. Eran las criaturas más espantosas que Arturo había visto jamás.

Abrieron los armarios y los cajones y empezaron a devorar toda la comida que encontraban: huevos con cáscara incluida, carne cruda, tarta con sus bandejas y todos los dulces del árbol de Navidad. Después bebieron cerveza hasta que acabaron rodando por el suelo y cantando con voces agudísimas.

-“¡Oh, miren!”- dijo un gnomo borracho. -“Aquí hay un gatito”-
El oso abrió un ojo.

-“¡Toma una salchicha, gatito!”-

-susurró otro gnomo y empujó una salchicha caliente hasta la nariz del oso.

-“¡RRRAAAAUUUUUUUUGGGÜ!”- El oso blanco salió furioso de debajo de la mesa, agarró al gnomo y lo lanzó por la puerta abierta a la nieve.

No se puede describir la mirada de los gnomos cuando vieron lo grande que era realmente "el gatito". Saltaron por las ventanas, treparon por las paredes y salieron por la chimenea. El oso los persiguió fuera de la cabaña y a través de la nieve hasta las montañas.

El silencio se extendió por toda la casa. El granjero Palomares y su mujer corrieron a felicitar a Arturo.

-“Creo que ya no tendrán más problemas con esos gnomos”- se rió Arturo.


La señora Palomares, agradecida, le dio la comida que se había salvado del ataque de los gnomos. Al día siguiente, temprano, Arturo se marchó con su regalo para el Rey.

La noticia de lo ocurrido se extendió a todos los gnomos del país, que se decían:

-“No vayan a la granja de Palomares para conseguir la cena de Navidad. ¡Tienen el gato más grande que hayan visto jamás!”-

jueves, 2 de abril de 2015

EL ECO



Jorge, que no sabía lo que era el eco, un día se divertía en el campo en ir montado sobre un palo de escoba, como si fuera un asno y en gritar:
-“¡Arre! ¡Arre!”-
Pero inmediatamente oyó las mismas palabras en el bosque cercano. Creyendo que algún niño se hubiera escondido en él, le preguntó admirado:
-“¿Quién eres tú?”-
La voz misteriosa repitió inmediatamente:
-“¿Quién eres tú?”-
Jorge, lleno de furor, le gritó entonces: -“Tú eres un necio”-  Enseguida la misteriosa voz repitió las mismas palabras:
-“Tú eres un necio”-
Entonces Jorge montó en cólera y lanzó palabras cada vez más injuriosas contra el desconocido que suponía escondido; pero el eco se las devolvía con la máxima fidelidad.
Jorge corrió al bosque para descubrir al insolente y vengarse de él, pero no encontró a nadie. Entonces marchó a su casa, y fue a consolarse con su mamá de lo que le había sucedido, diciéndole que un bribonzuelo, escondido en el bosque, lo había colmado de injurias.
-“Esta vez te has engañado, pues lo que has oído ha sido el eco de tus mismas palabras”- le dijo la madre. -“Si tú hubieras dicho en alta voz una palabra afectuosa, la voz de que hablas te hubiera respondido también en términos afectuosos”-
Lo mismo sucede en la vida ordinaria. Por lo común, el proceder de los demás para con nosotros es el eco de nuestra conducta para con ellos. Si somos educados con los demás, los demás lo serán con nosotros. Si, en cambio, somos descorteses, ruines y groseros con nuestros semejantes, no tenemos derecho a esperar ser tratados de diferente manera. 

miércoles, 1 de abril de 2015

LA SEMILLA PEQUEÑA



En un pequeño jardín de una casa en el campo había muchas plantas, flores y hortalizas.
Este jardín estaba dividido por unas cercas de madera. En uno de los lugares estaban las flores y las plantas y en el otro extremo había una huerta en la cual Don Jacinto, el dueño del jardín, plantaba verduras y hortalizas.
En el rincón de las plantas y flores había una pequeña semilla. Era la más pequeña de todas y sólo tenía el brote de una diminuta hojita. A su alrededor crecían una infinidad de flores: rosas, lirios, calas, violetas, tulipanes y margaritas.
El problema era que la pequeña semilla no crecía, a diferencia de las plantas y flores que la rodeaban.
Las plantas observaban día a día a la pequeña semilla y le decían:
-“Eres muy simple y fea, nunca crecerás!”-
Mientras que las flores se burlaban y reían a carcajadas y le decían:
-“Mírate en los charcos de agua, no tienes coloridos pétalos como nosotras, solo tienes una simple y fea hoja que se asoma desde tu brote”-
La pequeña semilla lloraba desconsoladamente y se lamentaba: -“¿Por qué no crezco?… ¿por qué solo tengo una hoja mientras que las demás tienen hermosos colores y largas hojas?”-
En el jardín de Don Jacinto las flores y las plantas cantaban dulces melodías. Estaban muy felices porque faltaban pocos días para que el invierno terminara. Pero la voz de la pequeña semilla no se podía oír, ya que tenía un tono muy bajo que apenas se escuchaba con tantos cánticos.
La pequeña semilla se sentía muy triste, todas las demás flores y plantas eran muy amigas y a ella la ignoraban.
Un día Don Jacinto se acercó al jardín con sus herramientas de jardinería y en una de sus manos un macetero con una planta de arvejas. La planta tenía un reluciente color verde en sus hojas. Don Jacinto la tomó y la trasladó, ubicándola al lado de la pequeña semilla.
La pequeña semilla la miraba con gran asombro al ver su tamaño. Tímidamente se decidió a hablarle y con su suave voz murmuró: -“¡Que grande y hermosa eres!”-
La planta verde observó a su alrededor y se dio cuenta que la dulce voz provenía desde abajo. La miró y le dijo:
-“Oh, pero que pequeña eres. Apuesto que cuando llegue la primavera tú serás una hermosa y alta flor, solo tienes que esperar que el tibio calor de los rayos del sol te iluminen y que Don Jacinto te riegue con un poco de agua”-
Era el último día de invierno y unas nubes grises cubrían el cielo. De repente comenzó a llover con tanta fuerza, como si Don Jacinto arrogara abundante agua desde el cielo.
Las flores y las plantas estaban asustadas pues el viento soplaba con tantas ganas que sus pétalos y hojas comenzaban a desprenderse de ellas.
Afortunadamente, la pequeña semilla estaba protegida por su nueva amiga. La planta verde cubría a la semilla con sus largas hojas y le dijo:
-“Pequeña semilla, la lluvia ya terminará, no temas, yo te protegeré”-
Al día siguiente, la planta verde despertaba rápidamente, pues los rayos del sol iluminaban sus hojas.
-“Despierta querida amiguita”- Gritó la planta a la semilla.
Ésta ya no era una simple y pequeña semilla, ¡Había crecido más de diez centímetros y ahora le habían brotado varias hojas!
Al mirarse en los charcos de agua se preguntaba
-“¿Qué seré? ¿Una planta o una flor?”-
Pasaron los días y en el jardín de Don Jacinto comenzaba a recibir unos pequeños visitantes. Las abejas vestidas con su amarillas y rayados uniformes viajaban de un lado para otro, las mariposas volaban con sus coloridas alitas y las chinitas recorrían las hojas del jardín con sus rojos vestidos.
¡El jardín le daba la bienvenida a la primavera!
La llegada de los insectos dio origen a nuevas flores y las plantas comenzaron a crecer.
La pequeña semilla creció y creció hasta sobre pasar a la mayoría de las flores. Al paso del tiempo comenzaron a aparecerle unos dorados pétalos desde su cabeza y al mirar su reflejo en una de las ventanas de la casa y exclamó con mucha felicidad:
-“¡Que grande y hermosa soy, ahora soy un girasol!”-
Las flores y plantas comenzaban a murmurar sobre los cambios de la semilla y estaban muy arrepentidas por sus burlas anteriores, así que decidieron pedirle perdón.
El girasol sin rencor las perdonó y desde entonces se hicieron muy amigas, prometiendo que nunca más se burlarían de ninguna semilla, planta o flor por más pequeña o simple que fuera.
Y al final gracias a los muchos viajes de los amigos insectos, nacieron más semillas de las cuales brotaron y se convirtieron en otros girasoles.